Parece increíble que en una ciudad como la nuestra, que busca por todos los medios recuperar el esplendor del progreso, sucedan idioteces tan burdas difíciles de no criticar. Son las cinco de la tarde del día martes 2 de diciembre. Aún cerca de la mitad de Iquitos se encuentra sin luz. El lunes 1º, a las 6 de la tarde, en plena hora punta, un gigantesco apagón (cuya justificación ya parece una humorada sin mayor sentido) nos ha devuelto por arte de magia de la ineptitud a las épocas del subdesarrollo. El retorno del suministro ha sido lento, parcial, incompleto o, incluso, inexistente. Los graves perjuicios económicos y materiales que han afectado a centenares y miles de ciudadanos son difíciles de cuantificar. Los perjuicios colaterales anexos, que no han podido ser adecuadamente solucionados un día después, incluyen una aguda restricción del servicio de agua potable y la ineficiente cobertura del internet. Fue la primera vez, en mucho tiempo, que las mañanas han estado ausentes de los dos diarios locales más importantes. Una verdadera hecatombe, que no veía desde los nefastos estertores del primer gobierno aprista.
¿Qué ha pasado? En realidad, no se sabe muy bien. A mí no me han explicado nada y todo el día he intentado infructuosamente saber los motivos por los cuales pueda siquiera tratar de entender las razones por las cuales se han producido desperfectos en mi computadora personal debido al cataclismo de Electro Oriente. Más allá de justificaciones insulsas, lo único real es que hemos retrocedido 50 años de un porrazo. Adiós la calidad del servicio, adiós la capacidad de respuesta ante la dificultad, adiós a la dignidad laboral y empresarial, adiós a la vergüenza. La empresa prestadora del servicio eléctrico ha demostrado que se puede zurrar en los derechos de los usuarios y cree tener el poder para salir impune. Claro, piensa que todo se reduce a comunicados y mil perdones, señores. Los platos rotos lo pagan quienes han sido afectados, porque la miserable EPS jamás se va a hacer cargo de los mismos.
El gran dilema es cómo enfrentar estos pésimos servicios, los cuales son soportados con mucho esfuerzo, a tarifas a veces injustificadas y altamente ladronas. ¿Pagamos por un servicio de agua que llega tarde, mal o nunca? ¿Pagamos por un servicio de luz que en vez de ayudarnos la vida nos la complica, nos genera daño y colerones? ¿Pagamos por el peor servicio de Internet de todo el mundo? ¿Somos capaces de soportar semejante abuso?
Mi respuesta es simple: ¿Por qué debemos pagar? ¿Por qué no le descontamos a esas compañías idiotas, llenas de burócratas ineficientes y funcionarios despistados las maldades que han causado en nuestro mobiliario, en nuestro tiempo y en nuestra seguridad?
¿Por qué no les damos de su propia medicina?
En cualquier lugar decente, con profesionales que tomen en serio su trabajo y la seriedad de su oficio, ya habrían renunciado o sido despedidos. Pero suponen estos pachás del hueveo y la caradura que no tenemos cojones y dignidad. Como nadie reclama, estos tiburones de la sinvergüencería creen que pueden dejar un día entero a una ciudad como Iquitos aislada, inmunda, en penumbras. Que la pueden hacer nadar en el río de la hediondez y la inmundicia. Que la pueden tomar como su experimento perverso, en el cual, al primer error, todos van al “aquí no pasa nada”, miramos a otro lado y todo queda reducido dentro del más ignominioso silencio.
Ya es hora que se den cuenta que no pueden hacer lo que les dé la gana. Ya es hora que sientan que los errores que causan grandes perjuicios a la colectividad deben ser sancionados. Que las entidades reguladoras se pongan los pantalones, que las autoridades políticas dejen ese conformismo sublevante, que la prensa exija cuentas, que los consumidores salgan a protestar y le digan “no” a cada torpeza que los afecta severamente.
Ya es hora ¿no?
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