BRADPIZZA

La última chupada del mango mediático de los nuevos tiempos nacionales lleva el apelativo de galán engordado con levadura. Mauricio Diez Canseco, hijo orgulloso de su papá, empresario sin mucho brillo, pero con hartas ganas de figuretear, gordito con trazas de galán de barrio, pizzero por necesidad y conveniencia, amigo arrimado de la farándula que, por esos giros tan graciosos que suele dar la vida, ha pasado en las últimas semanas a la categoría de estrella mayor del firmamento, financista de cómicos y vedettes, broadcaster televisivo y, finalmente, protagonista central del melodrama más comentado del año. Leer el resto »



SILVINO Y LA NOCHE MÁS FELIZ DE IQUITOS

Sábado; 2 p.m. Cajas de cerveza van y vienen, diestramente conducidas por bebedores de campeonato como los ex agustinos. Huelo parrillada y juanes, además de salsita picante de cocona, preparados por las jóvenes señoras y señoritas madres, esposas, novias, trampas y demás especies vinculadas a la nueva prole. La música bailable, a todo volumen, nos pone sabrosos. Algunos niños -hijos de los antiguos niños- revolotean en el patio de juegos. Las promociones y sus integrantes se reúnen lentamente de acuerdo al año en que terminaron, su espacio, su fortín, su trinchera. Conversan de muchas cosas, se ponen al día sobre sus miserias y grandezas (muchas más las primeras), exhalan una sensación de alegría y nostalgia que se hace más intensa, sudorosa, amodorrante. No a todos les ha ido bien en esa carrera despiadada en procura de lo que se llama éxito. Dime, nene, lo que vas a ser cuando seas grande. Ninguno es estrella del rock, menos presidente de la nación (aunque algunos suertudos tienen negocio propio y de vez en cuando salen retratados en los periódicos). Un grupito, macerado por la euforia, menta a Silvino con emoción y hasta cacha, mi Padrino era lo máximo, cho’.

Claro, Silvino Treceño Ríos. El periodista. El sacerdote. El fan de Ferenc Puskas y la selección húngara del mundial de fútbol Suiza 1954. El que levantó la Copa Perú. Mi padrino.

Lo recuerdo en el Mundialito (semillero de grandes jugadores y también purgatorio donde algunos prematura –y afortunadamente- optaron por dedicarse al Derecho). Tendría 5 años, pero quemaba neuronas tratando de descifrar el misterio que envolvía al menudo personaje que iba de un lado a otro, dando amicales coscorrones a sus discípulos. De una especie de respeto exótico pasé a profesarle especial deferencia. En cuarto año de secundaria le tocó ser mi tutor. Las dudas asaltaron otra vez mi mente; otra vez quemé neuronas tratando de conocerlo y entenderlo. Era cascarrabias e ilustrado, tenía un sentido del humor interesante y una memoria envidiable; coleccionaba infinidad de llaveros, polos con su cara impresa, polos con las caras impresas de otros, fotografías, casetes y discos, grabaciones personales, libros, recortes y papeles que guardaba durante más de medio siglo en su húmeda y rancia habitación. Y era un buen tipo, entusiasta como ninguno. Alguna vez, en lo más extravagante de mi compromiso católico, y ante la inminencia de la tradicional Confirmación, le pedí que fuera mi padrino. El viejo aceptó divertido, tratando de controlar esa ronquera característica de los años finales. Y me regaló un dije, un polo con su cacharro impreso y una pelota de fútbol.

Era una costumbre escucharlo en “Pórtico Deportivo” -el más importante programa deportivo radial de todos los tiempos- y admirarme de su magnífica forma de explicar los partidos del CNI, de sus precisos consejos tácticos, o de emoción cuando se refería a Hungaritos o al Ex Alumnos, dos de sus mayores orgullos peloteros. Siempre me gustó el teatro y ahí estaba Silvino formando a los futuros artistas o cantantes locales. Cualquier actividad era espléndida oportunidad para vernos en acción, fungiendo de expertos en dotes histriónicas y habilidades canoras. Se colocaba detrás del escenario, rabiándose, gritando, tratando de alcanzar la utópica perfección de un grupo de inmaduros, en compañía de la infaltable y casi legendaria grabadora portátil que más de un ahijado ha cargado.

Murió de viejito, el 2000, rodeado de todos sus amigos y conocidos, con una grabación antigua de los Aguiluchos sonando incesantemente en su equipo portátil y la Copa Perú que el Hungaritos Agustinos logró ganar alguna noche inolvidable para cualquier chibolo pelotero de mi época enfrente suyo, reluciente, imponente, agradecida. Aquel día -claro que sí-; 17 de diciembre de 1985. Aquella noche en que la máquina dirigida por Henry Perales y capitaneada por Calvo/Candelita le metió una goleada de 4 a 0 al Tejidos La Unión, en pleno Estadio Nacional. Aquella noche, vísperas de Navidad, en que la región se vistió de júbilo, orgullo y auténtica dignidad. La noche más feliz que recuerden los iquiteños de mi generación.

Y todos se pierden en el recuerdo, mientras la música suena alegremente, entonada por la deliciosa y súper femenina voz de Bettina Alván…

Pensamiento Burga

Manuel Burga es el claro ejemplo que en el Perú, las cosas no han cambiado (y aún dudo que cambien en mucho tiempo). Porque, sin pedirlo, pero acaso deseándolo, ha demostrado con hechos la cristalina fragilidad de las instituciones, el peso relativo que posee la opinión pública cuando se enfrenta a intereses muy poderosos y, claro, ha señalado con creces que aquí, en estas cuatro líneas cardinales el fútbol coordina la verdadera agenda mediática ¡Qué Alan ni tres poderes del Estado! Quien se amarra en torno a los tentáculos cada vez más extensos de la de cuero es quien mueve los titiriteros hilos del poder:

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