Enviado el: 1st March, 2009 by Edicion
Paco Bardales: pacobardales@gmail.com
En el año 2003 se estrenó una extraña pero hermosa película titulada Nadar solo (ubicable solo en copia pirata en el pasillo 18 de Polvos Azules). La cinta narraba en slow tempo la travesía de un chiquillo disfuncional, en un viaje que intentaba descubrirle aquellas cosas que consideraba ajenas en su vida: una novia, una familia, un hogar.
Su director, el debutante argentino Ezequiel Acuña, tipo callado y raro pero muy talentoso, dotó de una mirada y un cuerpo algo parecido a un alter ego, nutrido con varios arquetipos que han contado la historia literaria y cinematográfica de la adolescencia. Como Antoine Doinel en Los 400 golpes de Francois Truffaut. Como Holden Caufield en El cazador entre el centeno de J.D Salinger. Como Eduardo Manos de Tijera. Como el chibolo de la inolvidable peli Casi famosos de Cameron Crowe, que vive con su madre y decide convertirse en hombre, reporteando para la revista Rolling Stone la gira de una segundona banda roquera en medio de los afiebrados setenta.
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Enviado el: 4th January, 2009 by Edicion
145 años después de aquél instante de júbilo para su ciudad, frente al pelotón de fusilamiento de su propia tribuna expresiva, el articulista recordó levemente el día que aquél periodista, Jaime Vásquez, le mandó un mensaje a su correo electrónico:
- Escribir una columna semanal, que salga los lunes, sobre lo que quieras, sin censura.
Eran principios del año 2004. El articulista tenía una columna que se iba agrietando en el tiempo en un semanario local. Pero anhelaba salir a navegar otros rumbos, sobre todo los de la crónica, su vicio culposo.
El columnista aceptó de inmediato la propuesta del director del diario. La primera nota, se llamó, “Bienvenidos, señores, a IQT…”
Desde entonces, por cinco años incesantes, IQT ha salido religiosamente los lunes (salvo imponderables que se cuentan con los dedos de una mano) en estas páginas. El columnista, demás está decirlo, soy yo.
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Enviado el: 21st December, 2008 by Edicion
La semana del terror y la indignación empieza el miércoles a las 8 de la noche, en una calle cercana a la plaza Serafín Filomeno, en pleno centro de Iquitos. La motocicleta no tiene placa de rodaje (hecho que ya no causa mayor sorpresa en los transeúntes de estos tiempos). En las aceras, la gente canta despreocupadamente sus gestas navideñas con sonrisa fácil y alegre despreocupación provinciana. El copiloto detecta a esta divertida adolescente de mirada fresca y ropas ligeras, que le sonríe a un interlocutor desconocido pero igual de entretenido. Ella lleva un teléfono celular de última generación, que blande en una de sus manos como si fuera una espada láser de Star Wars. El copiloto ya ha detectado su presa. El piloto, por instinto, sabe muy bien lo que debe hacer. Acelera levemente la velocidad. Se detiene en medio de la transitada arteria. El copiloto baja, se acerca a la jovencita, casi la susurra por la espalda, ella no se percata de que el hombre que le roza el cuello no es ningún amigo, conocido, no es parte de ninguna equivocación. El copiloto rápidamente ha arrojado sus brazos hacia el cotizado objeto y le arrancha a la niña, que experimenta una súbita sensación de vacío. Se desconcierta. Trata de voltear. Su amigo levanta mucho las cejas y mira seguramente en los ojos al copiloto. Este ha dado un salto acrobático hacia la motocicleta rugiente. El piloto empieza a destilar adrenalina y sale disparado, con su copiloto, el celular y sin ningún policía que se dé cuenta del acto de violencia.
Kung Fu Panda entra desesperado hacia el salón donde el Editor Zombie, el Cineasta y yo nos encontramos. “Han robado en la cuadra” nos indica, mientras narra atropelladamente los pormenores de lo que acaba de ver. Nos desconcertamos, porque usualmente esta era una zona tranquila. Aunque ya no tanto. Editor Zombie, con la rabia que en él brota de modo natural, indica que hace meses, quizás años, los alrededores de la universidad nacional se han convertido en territorio de maleantes, fumones, vendedores de droga, putas desvergonzadas que tiran al amparo de cualquier sombra, vagos que usan las aceras como tablero de timba y, sobre todo, ladronzuelos que acechan y acosan a los vecinos. El Serenazgo es una unidad sin ninguna autoridad, la policía es un anexo de la ausencia y los intentos de asalto se multiplican, solo a cuatro cuadras de la Plaza de Armas. El Editor Zombie plantea soluciones radicales: o los sacamos de aquí o pronto tomarán por asalto nuestras casas.
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Enviado el: 14th December, 2008 by Edicion
10.15 de la noche. Jueves 11 de diciembre. Tengo un teléfono celular que me escupe los ecos de la apoteósica presentación de la reedición de “Cambio de Palabras”, de César Hildebrandt (editado por Tierra Nueva) en la Feria del Libro de Miraflores. Hago malabares con mis manos, porque voy detrás de una moto imitación de Harley Davison. Esta se menea temerariamente entre obstáculos en movimiento Súbitamente, frente a mi línea de mira, descubro un culo cobrizo, peruano, del color de piel que le gusta mucho al presidente Alan García, un culo caído que se mueve enfrente de los cientos de personas que avanzan a mi velocidad. El dueño del culo, con la cara tapada por su camiseta, es alentado por algunos de los que lo sujetan al techo del frágil motocarro en que se conduce.
Adelante, mi piloto, el Gordo Ángel, - trujillano asimilado al nuevo charapismo ciudadano – no mide las consecuencias de sus actos y se carcajea eufóricamente. La sacha Harley se mueve de-aquí/pa’-allá, mis piernas casi rozan la carnicera rueda de un chibolo con lentes oscuros y risa pastrula. Alrededor, motocarros sin cubierta, motocicletas con el tubo de escape en reparación inconclusa, carros chocones, camionetas promiscuas, buses de servicio público fuera de ruta empiezan a congestionar la calle Huallaga. Desde la Plaza 28 de Julio, una inmensa, interminable caravana ha invadido las angostas aceras del centro de Iquitos, con un aún más compacta multitud de 120 cuadras, ciudadanos de todos los colores, olores y texturas, con ropa, sin ropa, con calzoncillos Stripper, con calzoncitos Hello Kitty, con brassieres blanco/percudido, con gritos destemplados, con colgajos como miembros viriles a la vista y paciencia de las espantadas (pero divertidas) señoras de barrio decente, todos, absolutamente todos, van armando una procesión chillona, luminosa, carnavalera que ha hecho colapsar las entradas que dirigen hacia la Plaza 28 de Julio. Nunca he visto una caravana tan larga, que une dos arterias como en una U. Las banderolas ondean, los cláxones descargan su furia y la muchedumbre ha salido a las puertas de sus casas/negocios/centroslaborales y tiene la mirada fija en este peculiar pero extraordinario desfile. La insignia del glorioso Colegio Nacional de Iquitos se luce hasta el hartazgo, la gente corea lemas mientras el vacilón de la noche es encontrar amigos y conocidos que han enloquecido momentáneamente.
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