Los hervores artísticos en el campo
Percy Vílchez Vela
Entonces, las voces enlazadas, las palabras en coro, como que susurran en el fondo del misterio de la comunión con los sembríos del cielo, las donaciones del Señor. Es la hora de las oraciones de las hermanas de la iglesia Santa Rosa. En el extremado calor de la mañana los rezos se expanden en medio del bosque, cerca de las aguas de los variados estanques. En la maloca, los que han venido de tan lejos, de tantas partes, escuchan reverentes. Los rezos citados no son parte del culto religioso, de la misa pertinente. Son el inicio de la jornada cultural de Estación Kapitari denominado Arte en el Bosque II que contó con el invalorable auspicio de Tierra Nueva Editores y del Gobierno Regional de Loreto. Es el domingo 28 de setiembre del presente año que se acaba. El maestro Luis Culquitón, después de sus palabras de saludo, inicia un recorrido para hacer conocer a los asistentes sobre las posibilidades panificadoras del horno y sobre las ventajas de la deshidratación de las frutas, las verduras.
Los acordes populares o rurales de la banda típica estallan después de las oraciones, y en la mañana hay ese desborde campestre de decisivo partido de fútbol, de fiesta patronal, de festejo de algún santo protector. En el ambiente flota ese animado ir y venir de gentes de tantos lugares, ese vitalismo de esas mismas gentes que han acudido a la cita cultural. En la maloca está le pequeña biblioteca como incitando a la lectura de autores locales, nacionales y extranjeros. En la misma maloca, en sus contornos, se exponen los cuadros de Gladis Zevallos y Mireya Gil, pintados con tecnología ancestral, con colores y motivos oriundos, que calza perfectamente con el sentido rural de la celebración. Las quilcas del pasado entonces se han modernizado. En las afueras, entre el comedor y los elevados aguajes, se muestran los primores artesanales de los Bora que han venido a pie desde San Andrés. Las legendarias mujeres Shipiba, esas criaturas que prácticamente caminan desde que nacen en pos de comerciar sus creaciones, andan de un lado a otro o siguen trabajando como todos los días de su vida. ¿Cómo es que han arribado hasta aquí, a 45 minutos de Manacamiri?
El origen de la danza se vincula a lo religioso, lo sagrado. No es nada extraño, por ello, que las hermanas de la iglesia de Santa Rosa ejecuten una danza sencilla con desplazamientos circulares como si hicieran tiempo para ingresar al templo de sus devociones. La festiva, pícara, danza de “el Pucacuro” no tarda en aparecer en los pasos y los movimientos de las profesoras del colegio 165, República Federal de Alemania. La danza Bora de más tarde será un rito en honor y homenaje a los servicios del tabaco como fuente de sabiduría, de curación, de conocimiento, de defensa ante los males y los daños. El público asistente tuvo la ocasión de probar el ampiri legítimo y de ver danzar a hombres y mujeres de ese pueblo antiguo de la Amazonía del Perú.
En ese ambiente oriundo nada mejor que la presencia del último libro del autor de esta nota, Los dueños de los astros ajenos, publicado hace poco por Tierra Nueva, donde se habla precisamente de las gestas indígenas en contra de los diablos de la españolada, en contra de la historia parcializada, sectaria que menosprecia a los otros, los nativos. El libro se presenta rápidamente gracias a una síntesis que habla de la expropiación religiosa del Dios venido de lejos, de la rebelión en nombre de esa divinidad liberadora, del arribo de la primera religión vernácula, de la labor de una evangelizadora aborigen, de los descubrimientos indígenas de los castellanos, hechos que alteran la historia colonial contada hasta ahora, etc. En conclusión los nativos de estas espesas selvas también han influido en las claves y categorías de la historia occidental.
El cierre de la programación es una combinación de música y danza. El cantautor amazónico Herbert Quinteros ejecuta piezas musicales apelando a instrumentos no convencionales como una búsqueda de la autenticidad. Y es como si el mejor sonido, la música, se liberara de sus lastres comerciales, de sus palabras recorridas y alcanzara otra orilla, otro margen, mientras Mireya Gil improvisa pasos de danza en una muestra de la creatividad de sus movimientos corporales. Los hervores artísticos del campo cesan entonces. Es ya la tarde y el sol es más que la candela. Estación Kapitari es un proyecto inédito, innovador, en la medida en que no es un mero centro de curación o de labor de sanación, sino que desborda ese límite para vincularse al chamanismo trascendente, aquel que es oficio fundador. Desde su origen propone la recuperación de la sabiduría milenaria, la reivindicación de lo autóctono como propuesta de desarrollo vinculante, la recuperación del conocimiento ecológico, la cimentación de las manifestaciones culturales oriundas y enriquecidas por incontables aportes. Todo ello lo convierte en uno de los proyectos más ambiciosos, más completos y más importantes de la historia amazónica.
El área de posible influencia es la cuenca del río Nanay donde hay asentadas unas 67 comunidades que viven de la caza y de la pesca, de la agricultura menor y de la recolección de lo que produce la tierra. Los habitantes arriban a la cifra de 25,200 personas. Es una zona con una rica variedad de especies animales y vegetales que todavía no están clasificadas. El volumen económico anual alcanza a unos dos millones de soles. El mayor aporte a la ciudad de Iquitos es que el caudal de las aguas de los diferentes ríos es usado como agua potable. El mayor problema que ahora padecen todos ellos y ellas que viven en la citada cuenca es que sufren atentados contra su salud debido a la contaminación con mercurio producido por las dragas que explotan el oro. Las posibilidades de aplicar los proyectos son inmejorables debido a las necesidades de la población, al interés de los sectores más lúcidos, a la viabilidad de sus organizaciones propias. En esa cuenca se piensa mejorar y expandir la propuesta cultural en el campo.
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