Los versos a la hora de comer III
Es posible que los mejores versos de la serie, los más profundos, los más misteriosos, sean aquellos que cualquier poeta de fuste no desdeñaría. Un instante, un eterno minuto de los cuales yo vi un segundo y en eso escuché tu voz. Es una lástima que el autor no haya dejado ni su nombre ni la fecha de su selecta inspiración. Caso contrario le buscaríamos para publicar sus inéditos. En pocas líneas, con escasas palabras, el vate ignorado para siempre ha unido la desdicha del tiempo con la salvación fugaz del amor. En su abandono ante lo que se va, lo que parte sin cesar, viaja imaginariamente a la deriva en las redes de los segundos que se prolongan. En ese vacío, en ese abismo, alcanza la tregua de la palabra conocida que lo convoca.
El momento que pasa y no vuelve y la voz que clama y no repite su súplica, son las mínimas unidades del tiempo y del amor que combaten a través de las edades, en una incesante agonía. Todo amor contaminado de tiempo ansía lo perdurable antes de que se extravíe. El instante convocado es un sentido ruego para que se perennice la voz que emite el cuerpo idolatrado. La noche oscura del amor que transcurre busca lo luminoso en el verso escrito en la pared, como un rescate, una piadosa salvación. En mayor o menor medida ese anhelo lo tenemos todos, grandes o pequeños, que vivimos ahorcados por el tiempo que nos lleva y el amor que nos consuela brevemente.
El tema es antiguo y no deja de desgarrar a la criatura que vive entre dos fuegos sin salir nunca del oprobio. Es como si cada uno de nosotros pendulara sin sosiego entre lo que perdemos y lo que ganamos, hasta la derrota definitiva. Todo es transitorio como una condena.
La aspiración de detener el tiempo en un instante, de lograr que perdure lo que amamos, fue expresada con tanta angustia por don Francisco de Quevedo.
En sus versos hay un desgarro del alma y de la carne por la ferocidad del tiempo que malogra lo amado. El Olímpico acertó a cabalidad cuando escribió Detente, momento eres tan bello. O cuando Fausto se negó a palpar el cuerpo de Margarita para que nunca se deteriorara. El amargo y desolador Luis Cernuda padeció los desmanes del tiempo ido que no pudo devolverle nunca la estación del amor que no fue. El infortunado Federico García Lorca también sufrió esa terrible angustia. Otros poetas no escaparon de esa tragedia.
¿Quien no quiere amar fuera de la sucesión que se pierde, del momento que se va? ¿Quién no busca perennizar a quien le acompaña en este corto viaje? ¿Quién no ha invocado en el silencio de sus oraciones que lo amado se quede o se demore en su hermosura, que se retrase en envejecer? Es que todo amor exige eternidad como dijo Nietzche. Nuestro anónimo versificador debió ser un buen lector de los grandes poetas, debió guardar en sus entrañas algo de ellos y en un momento decisivo, sin quererlo y sin saberlo, logró dejar en una ciudad remota el testimonio de su anhelo desilusionado hasta ese instante.
En otro sentido, los versos que citamos, recuerdan que es posible conjurar transitoriamente los males que nos agobian, erradicar los fantasmas que nos hieren. El que se sienta a escribir versos lo hace impulsado por una necesidad de liberarse de sus penurias, sus martirios, de lo que le provoca dolor. En la búsqueda de las palabras que expresen desdichas y declives, estriba una limpieza frecuente que se convierte en necesidad de todos los días. La sensación benefactora, la liberación breve, es el mejor pago que encuentran los más dotados vates en su experiencia de escribir versos. De allí que la poesía no sea la simple anotación de palabras, sino que tenga un sentido utilitario que, inclusive, algunos lectores experimentan.
Confieso, entre nos, amable lector o lectora, que me hubiera gustado escribir esos versos en la pared, escribir esas palabras en un lugar público de venta de comida, escribir después de saborear las suculentas humitas o de despachar las célebres brochetas. En un momento de inspiración excesiva, con la velocidad de un trueno de las alturas, hubiera aniquilado al tiempo letal al escuchar la voz a mí debida. En ese momento de elevación hubiera escapado del constante martirio de las horas, de lo que el viento se lleva, de lo que estoy perdiendo sin poder hacer nada. Pero quiso la suerte que un desconocido, que revela una hondura en la experiencia amorosa, una percepción radical del paso del tiempo, una capacidad de expresar en apretada síntesis un drama de lo humano, se haya adelantado.
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