Entre proas y popas del viaje

Por Miguel Donayre Pinedo

I

Con el calor peninsular en nuestras carnes partimos de Madrid hacia Lima. Esta vez el itinerario era largo y de aventura. De Lima viajaríamos a Arequipa y al valle del Colca, luego a Iquitos, casi de paso, y finalmente, Manaos, Brasil. En Lima mi amigo Alfonso Castro, que es un excelente anfitrión y un notario del tiempo de mi generación de la universidad, nos llevó a visitar el Centro de Lima, recalamos en el mítico Hotel Maury, cuna del internacional pisco sour, además del pisco la tertulia se acompañó con unas copas capitanes. Luego de aliñarnos con esos tragos visitamos uno de los chifas del barrio chino que estaba lleno a reventar, Sonia estaba encantada, en Madrid es una de las pocas ciudades donde no existe un barrio con tal nombre. Allí disfrutamos de variados platos y postres, la gastronomía china adaptada al paladar peruano y dando brillo a la comida fusión, de paso, nos metimos a hurgar el centro de la ciudad.

Al día siguiente partíamos a Arequipa. Llegamos a la ciudad blanca alrededor de los ocho y media de la mañana, el frío entraba hasta nuestros pulmones, felizmente que el hotel tenía calefacción y buenos edredones con que paliamos el frío. La agencia de viajes no vendría a vernos hasta las dos de la tarde, tiempo suficiente para reparar el sueño, todavía llevábamos el jet lag en la piel. El hotel era muy bueno “La posada del puente”, junto al río Chili, era un sitio para el descanso. Luego de comer unos rocotos rellenos salimos a explorar la ciudad con una guía, allí visitamos el Monasterio de Santa Catalina, la vista de los volcanes entre ellos el menguado Misti, el molino de Yanahuara entre otros lugares del circuito turístico urbano. Muchas calles de Arequipa se parecían a las de Antigua en Guatemala, tienen el mismo diseño de la época colonial. El plato fuerte era la visita al Colca que sería al día siguiente muy temprano.

Una furgoneta nos llevaría al valle de Chivay y para ello tendríamos que subir poco a poco hasta alcanzar los 4,910 metros sobre el nivel del mar, como nos dijo el guía a pesar de las premuras de algunos compañeros de ruta. A lo largo del viaje que tiene un símil con la exploración de la geografía de la luna por su aspereza y soledad, el paisaje se condimenta con tierras de diferentes colores. La furgoneta subía paso a paso, casi rugiendo, se divisaban vicuñas, llamas, alpacas y aves de esa parte del ecosistema andino. Pasamos por la Reserva Nacional de Salinas - Agua Blanca, reserva natural donde pastan las vicuñas a quienes se puede verlas desde lejos. La naturaleza bella, fría, abrupta, rugosa y hosca se filtra por los resquicios que encuentre. En el ascenso casi en puntillas penetra el dolor de cabeza, deja huellas en el cuerpo a pesar de los caramelos y mates de coca. En esta lucha por observar el paisaje y este achaque de la altura me sentía como sapo en pozo ajeno, no me identificaba con los Andes, parecía que estaba en un país extraño, pero, interesante, por más banderas peruanas que ondeaban en el camino.

En el ecuador de la ruta paramos en un cruce de caminos. Ante la sugerencia del guía bebimos té para contrarrestar el soroche o mal de altura, allí se nota que el fomento al turismo de parte del Estado peruano es retórica, las instalaciones sin ser malas dejan mucho que desear, el Estado debería echar una mano y mejorar las instalaciones higiénicas, un montón de personas haciendo largas colas en pleno altiplano, seguro que ninguno de esos torpes que hacen política pública han paseado por esta ruta.

Luego tomas impulso, aire y sigues el ascenso, el dolor de cabeza se hace más pesado al igual que la digestión, es lenta. Así entre el frío, cerros pelados y el cielo abierto llegamos a la altura de meta, los 4,910 metros. El clic de la cámara de fotos suena todo el viaje y a esa altura te cuesta dar un paso, coronada la cima nos dirigimos al hotel en el valle del Chivay.

Es muy curioso que entre los ingredientes de la gastronomía andina en esta parte de Perú estén la coca y la alpaca, están en casi todos los platos. Por la tarde concurrimos a unos baños termales que nos cayeron como mano de santo. En el hotel que nos hospedamos es uno que se parecía a un palomar, tiene una construcción muy original pero que no puede frenar al frío andino. Al día siguiente partiríamos a ver el vuelo de los cóndores, la hora de la partida era las cinco de la mañana y con menos cinco grados centígrados en el ambiente. Tiritábamos de frío. A lo largo de la ruta se observa el valle del Colca en su dimensión de colores, andenes y accidentes geográficos.

Allí en el mirador hay cientos de personas con cámara en mano para capturar uno de los vuelos de estas aves de las alturas andinas, vimos muchos cóndores, era un festival para los turistas a pesar de la poca y deficiente infraestructura existente. El Estado peruano como tal se tapa los ojos, así no se puede promover turismo. Para mirar esos vuelos de los cóndores llegamos a la hora oportuna como había previsto el guía a pesar de la impertinencia de algunos compañeros de viaje que ignorando el contexto exigían celeridad vana. Una vez visto los cóndores volvimos a Chivay y desde ahí iniciar nuestro descenso a Arequipa por el mismo camino de la ida, al día siguiente tendríamos dos viajes de Arequipa a Lima y de Lima a Iquitos.

Mientras esperábamos el vuelo a Iquitos tuvimos una imagen del apartheid invisible que vivimos los peruanos cotidianamente a pesar de haber sufrido la violencia política que nos asoló diez años, pareciera que no pasó nada en nuestras mentes, eran familias que viajaban a Piura, los maridos y mujeres blanquiñosas y con pelo pintado, con sus hijos rubios y ropa de marca que estaban acompañados por chicas que vestían de uniforme blanco, de rostro andino y pelo negro, era la imagen clasista y racista de un país premoderno, las muertes en los Andes y otros lados del país no significó nada para estas personas y autoridades que huyen tratar del tema de violencia política de esos años, borrón y cuenta nueva es el lema. En racismo seguimos con la agenda pendiente.

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