Album de personajes del suburbio

El documental Amazónico soy. En bulliciosa procesión nocturna, los servidores de una fe particular, los fieles de una creencia minoritaria, aparecen en la pantalla. El retrato de un niño cobrizo como un salvador que ha surgido de las aguas cercanas, preside la ceremonia populosa. En los hervores del culto, avanzan por las calles centrales de la ciudad de Iquitos. En sus vestimentas no lucen oropeles religiosos ni signos de poder terrestre. Antes que un rito serio, con sus liturgias y sus dogmas, hay la presencia de lo festivo en los rostros, en los gestos. Es la procesión del Niño Jesús de la Caja, culto de los excluidos, los marginados, que moran en “La Restinga”. La repentina aparición de esos fieles es un momento clave del documental Amazónico soy, dirigido por el periodista José María Salcedo y financiado por el Gobierno Regional de Loreto, Municipalidad Provincial de Maynas, Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana, Electro Oriente.

La impresionante salida de El niño de la Caja es decisiva en la medida en que abre las alamedas de la rica inventiva religiosa popular, de la fe de los desposeídos, los que no tienen sitio en los cultos oficiales. Fe y marginalidad se enlazan en una muestra de la ilusión de un mañana mejor, y son un cuestionamiento serio a la inoperancia de las creencias establecidas que no tienen espacio para los desheredados. El documental es una incursión desatada y en fragmentos de los excluidos de la ciudad. La cámara o las cámaras registran ese mundo sumergido, esos personajes de la periferia que viven en la urbe convencional, en la ciudad que pasa por divertida, juerguera, fantástica. Los puntos de partida del documental son las historias elegidas por los niños y niñas que viven en La Restinga. Los retratos, las semblanzas, responden a la otra visión de Iquitos.

Entonces, en sus cómodas butacas, los espectadores asisten al inicio de la célebre canción de Raúl Vásquez. Los conocidos acordes suenan en una estampida de bienvenida, en una apertura festiva. Los hados de la diversión, las ninfas de la amistad, los dioses que auspician el amor, parece que van a salir de sus misterios. Pero, en eso, se impone la figura del bailarín mutilado. De ese personaje de las calles diarias que, pese a sus limitaciones físicas, a sus carencias, concede funciones en esquinas y plazas de la ciudad. Entonces hay un contraste radical entre la ciudad conocida y alabada y el personaje que se mueve en los límites de la sobrevivencia.

Esa imagen de agonía corajuda, que a veces bordea lo grotesco, es como una metáfora de las heridas, los traumas, de los marginales. Ellos, como los personajes de Grass, tienen que inventar salvaciones para seguir en la brega, tienen que agenciarse de sueños para no sucumbir. Ese bailarín mutilado viene desde el pasado, viene desde el tiempo colonial, viene desde los residuos de las pestes. Es como un sobreviviente del desastre que no ha cesado de luchar. Es el herido que se ha negado al exterminio final. De las cenizas del dolor renace siempre para seguir en la dura brega de los días.

La memoria también es marginal en la ciudad del oriente. La presencia de un narrador oral en las calles y en otros lugares es el ejercicio del imaginario popular y excluido. Es la riqueza de la palabra hablada ejercitándose en contar eventos de personajes y situaciones que ocurren siempre en el bosque, que tienen siempre una lección moral, que defienden el irreductible ámbito selvático. Esa vertiente en el mundo oficial es divertimiento folclórico, es burla y relajo. El verbo hablado entre los oriundos y los mestizos es una clave. La clave de la conservación de la identidad del linaje.

En el Evangelio de San Mateo se dice que el campo es el mundo. La ciudad depende mucho del universo rural que lo limita, lo encierra. No sólo en lo que se refiere a los productos de las cosechas, las cacerías, las pescas, sino a la influencia chamánica. El chamán viene de una catástrofe, de la campaña de extirpación de idolatrías. Sigue siendo un ser marginal, un sujeto de la periferia. Considerado como ser grotesco por tantos, es un misterio todavía. En el documental el chamán realiza una jornada de baño de limpieza y de unos jugadores atípicos: los miembros del mundo gay: otros marginados de la ciudad oficial. Las otras historias ocurren con rapidez, se ramifican hasta el desborde, pero hay una línea argumental que opera como centro donde residen y actúan los marginales de Iquitos.

En forma intermitente, como repentinos fogonazos, aparecen las hermosuras del paisaje, de los amaneceres, las bellezas urbanas. Pero esos momentos no son exhibiciones de los portentos. Operan como contrastes, como oposiciones a la vida de los marginales. No es la metrópoli para la exportación la que aparece en la pantalla. Es la ciudad no deseada, la ciudad escondida la que tiene la palabra. El otro lado de la medalla es también un paisaje. Un paisaje no grato, no vendible. Pero que forma parte de la humanidad que pulula en la renombrada isla.

Toda ciudad es varios lugares. El documental retrata el sitio subterráneo, de simulaciones perpetuas, de máscaras que ocultan la otra vida. Es el mundo de la marginalidad del trópico que no es la emisión del vicio, la decadencia, el consumo de la apatía y la flojera. Es el mundo vital, proteíco, dinámico. Es el mundo de la pasión, la desmesura, en aras de no dejarse dominar por la catástrofe. Esa marginalidad es la suma de un desmedido y desaforado amor a la vida de todos los días. (P.V).




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