Los versos a la hora de comer II
Percy Vílchez Vela.
En la exaltación de la auténtica poesía no escasea la búsqueda desmesurada de la utopía, el anhelo de alcanzar lo imposible. La torpe realidad de este mundo inútil no deja otra salida a esos grandes soñadores de lo despierto que son los poetas. El verso Entre dos que se aman con uno que coma es suficiente, tiene todo el fuego de un sueño colectivo, la llama de una aspiración multitudinaria. Es el sumo anhelo de hacer que los besos y las caricias, las palabras tiernas y hasta las poses, rindan más allá del acostumbrada placer, y permitan la renuncia de uno de ellos -no se sabe si del hombre o la mujer- a las delicias del comer. Así no sólo disminuirían los gastos domésticos, los estorbos de la preparación de los potajes, sino que harían trizas el hambre crónico de tantos seres de la tierra. Enamorarse perdidamente de alguien sería suficiente para olvidarse del desayuno, el almuerzo y la merienda.
Después de leer Yo estuve aquí, escuetas y contundentes palabras escritas por un tal Enoc, nos quedamos con la sensación de que algo bíblico, religioso, premonitorio, ha pasado por este lugar. En el ambiente flota algo así como la presencia real de un personaje misterioso, adornado por presencias proféticas hasta apocalípticas. Es como si el citado hubiera salido de las Sagradas Escrituras y viniera a estos pagos como han vendido tantos predicadores a estas tierras al horno, como el casi olvidado hermano Francisco y sus cruces de interminable palosangre. El misterio se vuelve más acusado debido a que el citado no dejó otra referencia más que su nombre. ¿Y si realmente el susodicho es un peregrino secreto, un andante oculto, enviado por los cielos a verificar nuestros pecados, de la comida y de la carne?
He conocido individuos que no pueden comer solos. El acto de masticar como los mamíferos, de tragar como los bueyes en el campo, de construir con paciencia el bolo alimenticio, requiere para ellos de una presencia, de un testigo. En ocasiones he almorzado gratis debido a esa limitación o carencia o costumbre. La frase Comida alegre, la mejor compañía, es probable que sea la inspiración de alguien que sí logra alimentarse en solitario. Alguien que puede detestar al que come cerca, que se siente incómodo ante los ruidos peculiares que hace el otro al zamparse la sopa, al arrancar lonjas de carne, al triturar huesos. Borges era un sujeto así. Le parecía deplorable que otro estuviera cerca o al frente ingiriendo sus alimentos. Otorgar al menú el poder de desatar su ánimo y de concederle la categoría de presencia suficiente, revela a un parroquiano capaz de deplorar la comida en mancha, la comida en familia. En su abandono solitario extrae del plato su contento y su dicha.
El que no conoce Iquitos se va al infierno, dice un verso impecable, como un cuchillo cortando trozos de carne o una papa cruda en la mesa. El autor ha evitado cualquier mención a las gangas de los preparados y ha tomado la ciudad con un fanatismo exagerado. En la gloria del sabor ha imaginado que la salvación entra por la boca en una urbe lejana de todo. No hemos podido saber si es oriundo de la isla de oriente o si es un forastero que se excedió. En cualquier de los casos, creemos que su inspiración desbordó toda medida puesto que no se acordó del ruido diario y cotidiano que se parece a uno de los tramos de cualquier averno. Pero desde luego ese dantesco verso es un agradable elogio a la sonora ciudad que habitamos. Es, por lo tanto, digno de mención en esta crónica.
El reiterado acto de comer no sólo puede servir para reponer las energías que se pierden, para recobrar las fuerzas y seguir en la brega de las horas. El estómago lleno puede convertirse en el impulso demoledor del pesimismo, en la panacea para arrojar por la ventana los desastres de la falta de fe. Después de comer a sus anchas, de alimentarse hasta más no poder, dos comensales decidieron que habían recuperado el entusiasmo y las ganas de seguir: Aquí desempolvamos nuestras esperanzas. Lo firmaron Renato y Elena. Teatristas. Lo admirable es que después de pagar la cuenta, ambos se sintieron tan optimistas que no vacilaron en seguir en el arte de las tablas en un lugar donde todo se opone a esa labor.
En el retablo de versos de las paredes no faltó alguien que apeló a la sutil ironía, al humor elegante. El escriba improvisado no hizo referencia al sabor o al color de los platos ni a las impresiones de lo que tragaba ávidamente. De largo pasó por su gusto satisfecho, por las bondades de la atención y se divirtió de los que olvidan que detrás o delante de los preparados de alimentos hay personas que trabajan sin descanso, que van al mercado cada día, que ponen la sazón puntual, que sirven sin comer en ese momento. Cocineras o cocineros laboran con todos sus recursos culinarios para que el cliente se vaya con la satisfacción en los labios y regrese pronto. Como un homenaje a ellas y ellos que no celebran su día con tambores y platillos escribió: Si pasas esta puerta deberás ayudar… a lavar platos.
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