El oficio desprestigiado y un periodista popular

El desaforado eterno candidato a la presidencia de la perulería, don Leopoldo Charpentier, tenía tantas cosas para desatar la carcajada. Una de ellas era la manera cómo encaraba el periodismo escrito. Él solo, a solas, con él mismo, cerraba el circuito de la edición correspondiente. Solitario en la redacción del titular y la crónica, la diagramación, la impresión y la distribución, no requería de nadie más, se bastaba a sí mismo. Esa flagrante escasez es, hoy por hoy, uno de los males del periodismo escrito entre nosotros. La mayoría de periódicos, semanarios, revistas, hasta especiales, son llenados por redactores múltiples, escribas que se desdoblan en varias plumas para tocar tantas asignaturas. No existe el colectivo indispensable en las redacciones, salvo alguna excepción.

El otro defecto es la confusión entre la información y la publicidad. Una edición promedio tiene casi todas sus páginas copadas por el reportaje a la autoridad que viaja, inaugura una obra, promete un mundo mejor para algún día. Los plumíferos no corren en busca de la noticia entre la población, ni quieren encontrar ciertas verdades detrás de los oropeles del poder: como si nada van de oficina en oficina, buscando la novedad del momento, la versión oficial. Lo cual les garantiza después el cobro de la factura. Ganancia que, desde luego, no es un delito. El inconveniente ocurre cuando el escriba se queda en el campo de la publicidad.

La solitaria lectura de la familia Damasgaard persigue al periodismo de estos contornos como otro de sus males. Las ediciones reducidas, los ejemplares exiguos, son sólo consumidas por un reducido grupo de usuarios. La ciudad ha incrementado su población pero el periódico no ha crecido. Se ha quedado como si estuviera en la antigua aldea poco después que arribaron los marinos. La edición agotada, debido a una excelente primera plana, una noticia importante, es bastante extraña. Ese periodismo no tiene futuro. Languidece lentamente sin buscar una salida que lo vincule al porvenir.

En medio de ese marasmo de relacionistas públicos o privados, de franelistas agachados, de áulicos de la factura y hasta de chantajistas reiterados, pocos periodistas son los que valen la pena. Uno de ellos es Carlos Ramírez Sánchez. Pluma decorosa, analista ágil y sesudo, ferviente buscador del dato y de la cifra que confirmen la información, es como una isla en estos deterioros. En busca de conocer sus impresiones sobre la profesión en declive, en busca de conocer las soluciones que propone, nos acercamos a él que no escribe en los medios habituales de la ciudad, que frecuenta una cierta marginalidad saludable, que está alejado de ese periodismo falaz que desvirtúa el más noble oficio del mundo. En la edición anterior publicamos una entrevista a este personaje del oficio. Dijo muchas verdades que ojalá sean tomadas de la mejor manera. Por los colegas, por supuesto.

El periodismo de todos los días no sólo puede ser una fábrica de distintos males, de falsías sin cuento, de pingües negociados con el poder, sino también una usina del prestigio de ciertos personajes que por una u otra razón consiguen el favor de las mayorías. Entre nosotros ese rubro no es abundante. Es una pera del olmo. Es posible que en el periodismo escrito el primer personaje popular haya sido Humberto del Aguila. La columna las Cartas de Rucio, que en la década del cuarenta del siglo pasado se difundió regularmente entre los diarios de Iquitos, era una deliciosa imitación del legendario estilo cervantino. Entre veras y burlas, el citado criticaba los males sociales, fustigaba las lacras del entorno. Esas crónicas todavía se podrían leer si es que alguien tuviera el acierto de publicar en vez de andar editando mamotretos ilegibles.

En esa misma década el periodismo escrito produjo un inédito colectivo de poetas repentistas, de verseros del instante. En las páginas diarias, como nunca antes y como nunca después, los periódicos publicaban poemas de circunstancias que entonces ya huían de las perlas nacaradas, de los fastos del paisaje, del cisne enamorado. Eran poemas que se referían a los eventos del día, a los hechos de la vida política, social y hasta deportiva. El estilo era burlón, irónico, desenfadado. Apelaba a la rima al vuelo y era un testimonio importante sobre la vida de la época. Entre esos versos se pueden leer la existencia y milagros de tantos personajes. Pero, lo más importante, fue que esos poemas escritos al momento conquistaron el favor del público. Los repentistas satíricos fueron famosos por un segundo, conquistaron el renombre del lector brevemente. El prestigio es engañoso. Hoy nadie lee esos poemas.

Nadie, por ejemplo, se acuerda de Jorge Runciman Rivasplata: el más dotado de los repentistas, el que estuvo más cerca de convertirse en nuestro Villon vernacular, nuestro Quevedo del trópico. Se equivocó al no tomarse en serio como poeta, al permitir que le ganara el diario cierre de edición, el facilismo de la versificación. Es posible que existieran otras popularidades momentáneas, celebridades cortas y fugaces, que no han dejado memoria más allá del día inmediato. En nuestro tiempo el periodismo ha producido sus personajes, sus íconos, Uno de ellos es don Tito Rodríguez Linares.

El popular Sicshi es un varón múltiple y polifacético. De linaje expansivo, dueño de una bulliciosa energía interior, de buen hablar y contar, ha hecho tantas cosas en su vida provechosa. Locutor, animador de distintos eventos, libretista de sus propios programas, narrador deportivo, publicista, compositor de canciones como que es autor del célebre Pucacuro y del Himno a Belén, actor de teatro, actor eventual de cine como que participó en una película de Nora de Izcue. Es creador de los ashilibritos, autor de un diccionario del habla regional. Alguna vez fue regidor. En suma, popular entre nosotros y hasta más allá de nuestras verdes fronteras. El citado alcanzó el prestigio gracias a las expansivas ondas de la radio. Su acierto fue el de haber explorado la vertiente verbal amazónica con el uso de esas palabras exclusivas, vernaculares. En el mundo del éter esas palabras sonaron por primera vez. A ello le agregó una vitalidad, una chispa inconfundible que sintonizó con las gentes de estos lares. Bien merece no uno sino varios homenajes.




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