Retablo de letras

Percy Vílchez Vela.

Los versos a la hora de comer I.

He regresado a El Sitio a beber mi café de siempre, a escribir algo o a leer entre el alboroto cotidiano y, de vez en cuando, fijarme admirado en ese novedoso mural de notas encendidas, saludos satisfechos e inscripciones que a lo largo de los años han ido dejando los visitantes de tantas partes. Ignoro qué motivo oculto, qué secreto impulso hizo que esos clientes se atrevieran a dejar testimonios de su presencia en este lugar, ubicado en la cuarta cuadra de la calle Sargento Lores. Es posible que fuera desbordante la exaltación de sus paladares y sus papilas gustativas ante el sabor de los alimentos ingeridos. Es como si del fondo de sus entrañas repletas hubiera surgido la urgencia de dejar un mensaje que evidenciara el contento ante los platos y los preparados, la buena atención de los propietarios Julio Maurtua y Susana Campos.

Entonces escritura y gastronomía se enlazan en una alianza visible, que deja un recuerdo interesante en una ciudad de pocas letras.

En las paredes se alinean las notas, las inscripciones, como un laberinto de letras escritas por clientes que vinieron de diferentes partes del mundo y que hablan distintos idiomas. No es difícil encontrar el inglés, el francés, el alemán, el finlandés, el italiano. No faltan las grafias japonesa, china y coreana. No faltan dibujos apresurados como una ninfa que en el aire devora una suculenta brocheta.

Otra ninfa hambrienta cerca de la luna. No escasean otros dibujos de flores, de aves, de peces, como ornamentos que hacen más agradable el primitivo acto de yantar. Hay un símbolo extraño, enigmático, con una palabra hebrea debajo como el anuncio de una cofradía secreta, iniciática.

En este instante, mientras escribo esta crónica, no falta mucho para que las paredes se queden sin lugar para el arrebato de los clientes. En varios años, cada uno de ellos o ellas ha dejado la huella de su paso, su firma personal y la fecha de su presencia. En la mayoría de los escritos predomina el saludo y la exaltación, el agradecimiento y la felicitación por la buena gastronomía. En esos trances hay promesas de un pronto retorno, de un regreso a las delicias del comer. Después de tanto leer y releer esos escritos encontré una asombrosa característica resaltante que es la reiterada referencia al amor, como si desde la mesa fuera inevitable saltar al hospicio de la cama. Las inscripciones obstinadamente porfían para unir las sensaciones gastronómicas con referencias a la mujer amada, al hombre de sus vidas, a la experiencia del romance.

El tema del alimento y del amor, -comer y beber a las orillas del cuerpo de la idolatría- está presente en todas las literaturas y en todos los tiempos. En el Cantar de los cantares, por ejemplo, hay numerosas referencias a la relación de la mujer amada con los productos agrícolas, las cosechas de estación, hay menciones al vino, las flores, las viñas, los rebaños. La suma de esa unión está en el verso que dice: Bajo la sombra del deseado me senté y su fruto fue dulce a mi paladar. Otros autores han mencionado ese enlace de una u otra manera, haciendo referencia al cuerpo femenino unido a manzanas, higos, naranjas y hasta caimitos. Pero es en la novela El rodaballo, de Gunther Grass, donde la comida diaria alcanza una dimensión mayor al influir en los desmanes del amor y al contribuir en la realización de algunos eventos históricos.

El que visita El Sitio no tiene más remedio que detenerse un rato a leer esos testimonios escritos. Es una experiencia interesante recorrer esas palabras estampadas como buscando algo que no se sabe qué es. Yo también me he detenido y me detengo a leer esas notas apresuradas. La costumbre alcanzó su trofeo cuando de improviso me encontré con anuncios de versos acabados, formas poéticas dignas de cita y de rescate. Es probable que la desprestigiada inspiración, el súbito arribo de la gracia, haya andado por allí para producir el salto del simple saludo a la emisión de verdaderos versos. En frecuentes visitas, en una paciente búsqueda, he logrado encontrar increíbles alhajas de indudable filiación creativa.

En la parte izquierda de la entrada a la cocina un tal Javier dejó un impecable escrito que es como sigue: De Andalucía a Iquitos y como en casa. Algún día del 2006 lo escribió y ese solo verso le granjearía una sólida reputación en cualquier otra parte, si es que la inspiración poética fuera telegráfica, reducida. El autor citado acierta al utilizar palabras corrientes y sencillas y como si no hiciera nada las enlaza en un todo autónomo, donde se declara regionalista a ultranza. No menciona a su madre patria, sino a su condado pequeño, a su provincia remota. La aldea local es más importante para él. En un alarde de destreza une dos urbes distantes y expresa que lejos de su pertenencia se sintió tan cómodo que le parecía estar en familia a la hora de ingerir sus alimentos. En la lejanía se encontró en su salsa mientras contentaba su estómago. Algo extraño, considerando la nostalgia de los que dejan los sabores de su tierra, los que extrañan las mixturas de siempre.



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