Los origenes del mundo en el bosque

Percy Vílchez Vela.

En el impresionante inicio del Evangelio de San Juan se dice que en el principio era el verbo. Después de contemplar una y otra vez los cuadros que conforman la muestra pictórica de Gino Ceccarelli, nombrada Creación, el simple espectador puede olvidarse por un instante de la versión bíblica y expandir su mirada hacia otras interpretaciones, otros aportes sobre el misterioso alumbramiento del mundo, el comienzo de la vida. Desde la marginalidad de las culturas oriundas amazónicas, desde la menospreciada periferia del bosque, el pintor ha recogido de la oralidad o la escritura las distintas versiones autóctonas sobre hecho tan trascendente que arraigaron en el imaginario de las naciones nativas y lo ha plasmado en 18 primeros cuadros como un estreno. Finalmente, el vasto tema alcanzará los 42 cuadros.

Entonces, en la sombría Lima, en los ambientes del barranquino museo Pedro de Osma, se estrenó una de las exposiciones más ambiciosas, más abarcadoras y más importantes de la pintura amazónica y peruana. No sólo por lo gigantesco de la propuesta, lo monumental del tema, sino porque el artista incursiona en nuestras verdaderas entrañas, visita el estremecimiento profundo de la floresta y extrae la sabiduría autóctona acumulada durante siglos. Todo ello en búsqueda de una estética peculiar y diferente de las otras manifestaciones de los pueblos y las culturas terrestres, de un lenguaje pictórico que nos exprese lejos de las verdades ajenas, de los plagios infelices. Entre lo oriundo y lo adquirido, Ceccarelli consigue edificar un vasto mural pictórico de suma importancia para la plástica de esta parte del mundo.

El nombre que señala a la muestra, describe su sentido germinal, su norte de génesis, donde laten las versiones trascendentales de la sabiduría de antaño que no son logros que se petrifican sino que tienen la inusitada fuerza de la constante recreación. En la incertidumbre del inicio, antes de que nada existiera, antes del pálpito de la vida, hubo en la espesura un solo hecho puntual, ocurrió un suceso primigenio, apareció un elemento fundador. En lo anterior coinciden todas las naciones selváticas. Esa influencia matutina, generatriz, sufre una marcada dispersión cuando cada una de las aldeas establece su versión. En ella pueden estar impulsos cósmicos, ráfagas telúricas, brotes forestales, aportes fluviales o animales míticos, dones chamánicos como es el caso de Tsla entre los Piro y otros elementos. Hasta ahora esas versiones estaban aisladas, diseminadas. La muestra de Ceccarelli permite tener un complejo o un todo en el lenguaje plástico. Para ello se ha mirado así mismo y ha hecho que los seres del imaginario, los individuos trascendentes de los bosques y las aguas, se transformen en personajes fundadores. El lenguaje hablado o escrito ha trastocado sus límites para plasmarse en los cuadros de acuerdo a la visión personal del pintor.

En el inicio del mundo, de cada mundo aparte, de acuerdo ya a la versión recreada pictóricamente por Ceccarelli, hay una médula central, una presencia aglutinante. Está en todos los cuadros ya sea mostrada en forma directa o apenas evidenciada. Es la abrumadora influencia de lo femenino. Ella no sólo como cuerpo que seduce, como carnalidad constante, sino como fuerza de génesis, como matriz de lo permanente. Lo femenino más allá de su naturaleza erótica, de su deseo y su capricho. Lo femenino cercano a la hembra celeste, la mujer solar, de todas las fecundidades, hasta de lo que perece. Todo tiene madre entre nosotros. Madre como cuna perpetua de lo que vive, madre contra la incertidumbre. El lienzo hermanas de greda expresa con contundencia ese predominio de la maternidad perpetua, donde los cuerpos acostados y juntos portan figuras geométricas semejantes a amazonas que guardan lo viviente. Ambas ansían parir algo más que hijos. Añoran alumbrar el abono del mundo para que nada sucumba. Entonces, en el principio del mundo, de los mundos, era o es la mujer como antorcha del alumbramiento constante.

La mayoría de los cuadros están enlazados a las fuerzas de la naturaleza no como simples apéndices del paisaje, como manifestaciones fluviales o boscosas, sino como logros trascendentes. Ese enlace permite la aparición de lo desmesurado, de lo exuberante como una superación de lo convencional, de las habituales escalas de lo racional. El tiempo y el espacio no son categorías válidas, ni actúan como fronteras. Hay una apertura hacia otras lecturas y otras realidades, donde pueden actuar los elementos fundadores, en actos cercanos al milagro, como observamos en el cuadro el ir y venir donde el recorrido no es lineal, sino una travesía múltiple, un itinerario de varios planos y orientaciones. La caída de los muros de la llamada realidad permite al pintor la libertad en la interpretación y así surgen seres que vuelan hacia el firmamento, mujeres agarrando la iluminada luna, sujetos que atraviesan distancias inconmensurables, personajes que visitan otros mundos. Ante esas figuras gestantes, esas metáforas del parto cósmico, estamos más allá de lo mágico que es insuficiente para explicar las concepciones indígenas del mundo y de la vida. Estamos en el terreno de lo sagrado, donde los seres del imaginario adquieren dimensiones de mensajeros de las divinidades o son las mismas divinidades fundando el mundo.

Los inicios del mundo no son epopeyas extáticas, gestas petrificadas en un diseño acabado. Aspiran al cambio, perfilan la utopía. En el itinerario de la cocamería, por ejemplo, palpita la fecunda búsqueda de otro lugar, otra tierra, sueño que se originó en 1560 cuando el chamán Viarizú arribó a Moyabamba con la novedad de que buscaba un sitio distinto entrevisto en sus marcaciones. En el cuadro nombrado Tierra sin Mal, Ceccarelli describe el mundo imaginado por generaciones donde no figuran las penurias, los desastres y los destrozos del mundo actual. El lienzo adquiere la estatura de la metáfora porque otras naciones nativas también sueñan con salir de los declives del presente para ascender al porvenir ya sea mediante la presencia de un héroe cultural, de un líder milenarista, de un enviado por los dioses. Entonces es como si el mundo siempre estuviera naciendo en un parto constante, en un alumbramiento continuo, en oposición al fin tantas veces anunciado.

En el fondo de su ejecución y de su propuesta, la muestra Creación es una búsqueda alucinada de una inédita pintura total donde el cuadro deja de ser el centro de la pintura para convertirse en la parte de un complejo desmesurado, de una sucesión que contribuye a explicar el tema anunciado. Es una épica del pincel, una epopeya del lienzo, que incluye variadas herencias y distintas versiones autóctonas, donde el artista busca agotar el tema, cerrarse sobre sí mismo, para así formar otro mundo independiente de la materia que lo inspiró. Un universo distinto que refleje en el peculiar idioma del arte las verdades que allí se sostienen. En la ambición desmesurada de Ceccarelli hay el claro mensaje de que entre nosotros es posible dejar de lado lo parcial, lo fragmentario, lo insuficiente y asumir riesgos mayores para expresar los logros de los moradores iniciales de la floresta.

En el principio era el verbo y el mundo fue creado en varios días. La versión bíblica y las distintas versiones sobre el origen del mundo que manejan las naciones amazónicas nos pueden permitir indagar perplejos en tan singular misterio. ¿En esos comienzos de antaño qué don ignorado venció a lo inerte y prevaleció sobre el vacío? ¿Existió una mente privilegiada que imaginó el mundo antes de que existiera, antes de que fuera? ¿Un solo Dios hizo germinar el mundo como sostienen los cristianos y otros creyentes? ¿Hubo un colectivo de dioses que diseñó el antiguo plano del universo para derrotar al caos? ¿Cuál fue el elemento primigenio que convocó la vida y su estallido? ¿O intervinieron todos los elementos unidos entre sí como en una cumbre irrepetible, en una vasta sinfonía del cosmos?



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