La barbarie mediática
Moisés Panduro Coral.
Nos quieren afuera mirando cómo los sin alma, que son ellos mismos, nos dan de alma a través de sus medios machacando una y otra vez la lataza ésa según la cual no hay cuadros apristas capaces para la gestión pública. Y cuando esa lataza cae por su propio peso por que de los contados apristas que están al frente de una función pública hay muchos que testimonian la calidad que se les niega, entonces se les levantan delitos que no son tales.
O sea es un delito ser aprista. Uno no puede ser aprista y ser designado en un cargo público, por que sino la barbarie mediática de alguna prensa que pretende ser emblema del periodismo peruano se le viene encima como una jauría de chacales que arremeten mostrando sus dientes filosos de sal, erizando a noventa grados sus pieles humedecidas con secreciones de amonio billetero y ladrando con hambre de desierto helado a quienes no gozan de su simpatía repugnante. Lo dramático de esta barbarie mediática es que la inmensa mayoría de medios -sean grandes o pequeños, permanentes o temporarios, tabloides o de a tres, de micrófonos o de cámaras, noticieros o programas- sirven en muchos casos de cajas de resonancia de los aullidos estridentes y desvencijados de esa jauría.
Para esta barbarie mediática uno no puede darse el lujo de tener un proceso administrativo -ya no importa si finalmente terminó a su favor- y encima ser aprista. Si es aprista que lo condenen a cadena perpetua, dicen. Si no es aprista es sólo un proceso administrativo. Y sin embargo hay tantos ladrones comprobados y visibles de la cosa pública con varios procesos penales de por medio que se retratan inmaculados en los impresos a colores o en blanco y negro de esa prensa bárbara y se marquetea diáfano hasta la invisibilidad en las ondas radiales y hertzianas de esa misma barbarie mediática.
Ahora, si usted alguna vez se relacionó por identidad política o por amistad con un ex ministro que recibió una bicoca de dólares (no por eso justificable) al lado de los que recibieron millones, peor todavía. Esa relación es ya un pecado capital y, como tal, merece la pena capital, es decir la muerte mediática en titulares de escándalo, con funerales cantados en letanías catonescas por caviares que se computan la última chupada del mango -yo me río de esa pretensión por que no sé qué espejito los ha engañado tanto- y que ayer nomás cobraban sueldos ‘naciones unidas’ sin exhibir en diez años de fujimorismo y en cinco años de toledismo los logros que con altisonancia caricaturesca y conchudez desmemoriada le exigen en dos años a este gobierno.
No hace mucho que los más encumbrados representantes de esta barbarie mediática abrían las piernas sin ningún esfuerzo y muy coquetas frente a la dictadura fujimorista, unos, o sucumbían con una celeridad placentera propia de aguantada orgásmica a las puntas sales y a las etiquetas azules del toledismo, otros. Algunos, a ambas cosas, a la vez. Hoy, estos bárbaros mediáticos, son recatadas monjas de convento -con el perdón de las monjas reales que merecen el mayor de nuestros respetos- que hacen las veces de un tribunal de santa inquisición que en cuanto ven que un militante aprista es designado en una función pública, saltan tras su cuello para amarrarle la horca de la inhabilitación prejuiciosa o quemarle en la hoguera de una denuncia de ‘copamiento aprista’ del Estado.
Para las novicias inquisidoras del momento, su papel de alcahuetas de dictadores y de encubridoras de wiskeros manirrotos con fondos públicos, que cumplieron bien, es un asunto del pasado. Pero es bueno recordarles que no tuvieron nunca la entereza de auscultar las cuentas de los ministros del chino que hicieron pingues negocios hasta con las medicinas del pueblo, y menos tocaron con el pétalo de una rosa a los militares del fujimorismo que hoy purgan cárcel precisamente por eso, por rateros de millones de dólares. Jamás se fijaron en la pasmosa cantidad de funcionarios que el toledismo dejó enquistados en las reparticiones públicas a diestra y siniestra, ni en los traficantes de los programas de vivienda, ni en el derroche de los inquilinos de palacio, en nada. Fueron modestas cecilias, ciegas, sordas y mudas.
No es técnico, dice una sor barbuda reconvertida demócrata, cuando el gobierno nombra a un funcionario de tercer nivel. Es un operador político, dice otra priora que fue ministro toledista, y por lo tanto es incapaz de dirigir un programa social. Es peligroso dice una abadesa de voz gruesa fiel sirviente del fujimorismo, por que el que han nombrado es el que le hace los mítines a Alan García, y eso es un claro signo de están pensando en la reelección. Está descalificado y cuestionado, dice la decana de todas las hermanas, por que tiene un proceso, ocultando que el ‘proceso’ al que se refiere es un proceso administrativo que ya fue resuelto hace tiempo. Y sigue el alboroto en el convento de la barbarie. Una profesa congresal pide que se diga cual ha sido exactamente la intervención de un ex ministro en la designación. ¡Y otra de ellas clama a todos los santos por que ésa designación es la consolidación del ‘copamiento aprista’! ¡Y hay las que proponen censurar a una ministra por haberle designado! ¡Y no falta otra novicia convertida, ayer celestina de un general montesinista preso por ladrón, que en mérito a este acuchillamiento mediático, espera que el Presidente de la República deje sin efecto la designación!.
¡Dios!. ¡Díganme si esto no es una barbarie mediática!. Pero no crean. Hay una conclusión que se puede sacar de toda esta barbarie. Y es que, infelizmente, en el Perú, no solo hay pobreza material -la relacionada con la satisfacción de necesidades básicas-, sino una pobreza, diría más bien, una indigencia mental. Es de indigentes mentales pensar que un gobierno no puede nombrar a sus funcionarios -que además son contados a cuenta gotas teniendo en cuenta la estructura de miles de funcionarios en la administración pública-, descalificarlos por ser apristas, condenarlos por un proceso administrativo que ya culminó hace tiempo a favor del designado, o estigmatizarlos por ser amigos del ex-ministro Mantilla.
Gran tarea la que nos espera a los peruanos, a las nuevas generaciones: seguir reduciendo la pobreza material, pero cuán difícil, por su magnitud, será reducir esta indigencia mental. Colosal tarea.
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