Teorema de las expectativas
Moisés Panduro Coral.
En geometría, un teorema es una proposición, enunciado o juicio cuya verdad necesita ser demostrada. Dicho enunciado puede originar uno y sólo uno de los términos: verdadero o falso. Luego de leer la gran cantidad de opiniones que cuestionan el discurso presidencial del 28 de Julio último, me he animado -con el perdón de los matemáticos, sociólogos y politólogos que son los especialistas en estos temas- a proponer un enunciado que espero validar o rechazar con la ayuda de los lectores. Mi teorema es que existen tantas expectativas respecto de un discurso presidencial como número de personas viven en una nación.
Tradicionalmente los mensajes presidenciales del 28 de Julio en el Perú han generado expectativa por que desde siempre han sido alimentados por la incertidumbre respecto de lo que anunciará o dirá el Presidente de la República. Siendo esa expectativa una costumbre muy peruana, es natural suponer que la misma proviene de una arraigada complacencia por la incertidumbre que ha caracterizado la política peruana durante estos casi 200 años de vida republicana. Incertidumbre que tiene su explicación en la falencia de objetivos nacionales aglutinantes que es uno de los graves pecados cometidos por las castas gobernantes del civilismo, en el autoritarismo imberbe de los militarismos de toda tendencia, en el voluntarismo populista de puntos de quiebre fracturantes de la sociedad y la economía, y en la carga inmensamente pesada que representa una identidad colectiva en pleno proceso de construcción.
A los peruanos nos encanta construir expectativas favorables a nuestra particular perspectiva de las cosas, o para decirlo de otra manera, expectativas ventajosas en función a nuestros legítimos deseos y humanas ansiedades. Y cuando después comprobamos que aquellas expectativas no se dan de acuerdo a como lo hemos pensando, entonces surge el desencanto. Si el periodista sensacionalista espera grandes anuncios que pueda poner en titulares con signos de admiración a página entera, sufrirá una decepción si no hay la materia prima que esperaba para su carátula. Si el caviar de alguna oenegé ambientalista o de derechos humanos que cobra en dólares o en euros por su aparición en medios de comunicación espera que el discurso presidencial se refiera a su unilateral punto de vista, y esto no sucede, no duden que al día siguiente dirá -siempre pagado en dólares o en euros- que ha habido grandes vacíos, omisiones o ausencias en el discurso.
Todos tenemos como mínimo una expectativa sobre el discurso presidencial. Si un congresista opositor espera que en el discurso presidencial se mencione el distrito que está proponiendo crear o la escuela para la que ha pedido atención, se desilusionará si ello no ocurre y vociferará su rollo harto conocido sobre el neoliberalismo alanista. Si una región no es mencionada por que la gestión del presidente regional no ha hecho nada relevante que merezca ser incluida en un discurso presidencial, entonces ese mismo presidente regional dirá que el gobierno ha cometido una omisión contra la región. Si mi expectativa personal es que el Presidente de la República, al margen del Congreso Nacional, declare reinstaurada y vigente la Constitución Política de 1979, por supuesto que no estaré contento si no lo hace.
Y los niños tienen sus propias expectativas de un discurso presidencial: hace dos años atrás mi hija que ahora tiene 14 años me decía -mientras escuchábamos el discurso presidencial- que su expectativa y la de sus compañeras de grado, era que el Presidente ordene que se anulen todos los cursos de matemáticas para que pudieran tener más tiempo para el internet. No sé como se sentirá ahora que se ha reforzado el razonamiento matemático en los colegios, pero es evidente que satisfacer esa expectativa es prácticamente imposible.
Pero en el tema de las expectativas insatisfechas, hay otros más extremistas todavía. Son aquellos que no les gusta que Alan García cite a Dios en sus intervenciones políticas, no sólo por que según su sui géneris interpretación eso es lo que hacen los fundamentalistas republicanos norteamericanos, sino por que eso es integrismo -religioso, profético, divino- diferente de lo secular, político e ideológico. Leer el libro “Conocer a Dios” de Deepak Chopra les ayudaría un poco a librarse de tamaña atadura mental -eso sí fundamentalista- en lo que a comprender al ser humano se refiere. Y aún si no leyeran algo contemporáneo sobre la dimensionalidad humana, el tema corresponde al campo intrínseco de la perspectiva que cada uno tiene respecto de su entorno y los fenómenos que lo comprenden. Y ahí no hay nada que juzgar.
Como decía, existen tantas expectativas como número de peruanos hay. Es decir, si de acuerdo al último censo el Perú tiene 28 millones 220 mil 764 habitantes, y si partimos de la premisa que cada peruano tiene como mínimo una expectativa creada, no es jalado de los cabellos decir que ése es el número mínimo de expectativas que se generan en torno a un discurso presidencial. Es decir, matemáticamente hablando, existen 28 millones 220 mil 764 expectativas en torno a un discurso presidencial.
De allí que las expectativas de gran volumen y de alta intensidad que se generan en torno a un mensaje presidencial no deben ser tomados a la ligera. Tiene una profunda connotación sociológica vinculada con la impaciencia histórica que arremete contra la necesidad de diseñar y construir el futuro del país en el largo plazo. Nos han enseñado a ser inmediatistas hasta la médula, nos han vendido la idea que la varita mágica existe en el diccionario del desarrollo, nos han revuelto el ponche dulce y venenoso que la redención de la pobreza viene como consecuencia de repartir el ingreso nacional sin que importen otros factores determinantes en el manejo responsable de la economía. Y todos los días, algunos medios de comunicación, nos imponen su lenguaje primitivo, chabacano, apocalíptico y violentista que trauma el alma de mucha gente y produce resentimientos en lugar de emprendimientos, facilismo en lugar de esfuerzo, varita mágica en lugar de proceso continuo, flagelación salival en lugar de sanación pedagógica, flacidez psicológica en lugar de empoderamiento virtuoso.
Es verdad que cuando se dibuja así el escenario social del país, a cualquiera le entran dudas sobre la viabilidad del Perú como gran nación sudamericana. Pero sería simplón de nuestra parte tirar la toalla. No, ni ahora, ni nunca. Tenemos que pasar de ser un país de incertidumbres a un país de destino definido. Debemos saltar de la impaciencia túrbida al estoicismo creyente, del conformismo facilista que nos aletarga a la factibilidad laboriosa. Y aunque matemáticamente resulte imposible atender las expectativas de millones de peruanos en un par de años, tenemos que pensar que algún día -con mucho denuedo de por medio- lo lograremos. Y eso más que “ver para creer” significa “creer para ver”. Por eso, fe y política deben ser inseparables, aunque el teorema sobre las expectativas que aquí he propuesto aparentemente nos haga perder lo primero.
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A mi compañero Moisés quiero decirle que si tomamos en cuenta que quienes tienen expectativas son las personas que ya cuenta con el uso correcto del raciocinio, deberíamos separar a los niños de pecho y hasta cierta edad con lo que disminuirían la cantidad de personas con expectativas, por lo tanto su enunciado o proposición hay que rechazarlo por ser falso. Un niño de uno, dos o hasta cinco años que ya es un habitante a ser considerado para el caso no creo que tenga una expectativa sobre el discurso presidencial, o sea, no hay la misma cantidad de expectativas respecto a la cantidad de habitantes y eso hace inviable tu enunciado mi Estimado.
compañero Moisés, reenvío el texto de un correo de Brasil sobre este tu teorema de las expectativas que llegó a la red de la que soy miembro.
Muchas gracias Sr. Valdivia por el Teorema de las Expectativas. No me quedó claro si fue de su autoría dicha reflexión, aun así le agradezco por la contribución.
Lo encontré bastante equilibrado, estimulante, saludablemente irónico, fue una reflexión inteligente que esperemos sean más frecuentes entre los envíos que nos llegan. Sólo me queda agradecerle y agregar que esa reflexión constituye un reflejo de las mentes brillantes que existen en nuestro país. Reflejo que al final nos estimula, porque entendemos que podemos encontrar eco en la sociedad al generar propuestas de desarrollo serias y alejadas de prejuicios.
Muchas gracias.
Atentamente,
Jorge Luis Ferrer Uribe
Posdoutorando em Ecologia Aplicada
Laboratorio de Ecogenética
ESALQ/ Universidade de São Paulo
Sobre el comentario de Gilberto, me parece que es cuestion de perspectivas, hay que tomar en cuenta que cada persona desde que nace es en si mismo una expectativa, o sea, ya es una expectativa mas a sumar a pesar que como bien señala el compañero Gilberto no tiene capacidad de raciocinio a temprana edad. Los padres tenemos una expectativa en cada uno de nuestros hijos desde que nacen y escuchamos los discursos presidenciales pensando en ellos, y en ese sentido, tu teorema de las expectativas seria verdadero. Un fuerte abrazo desde esta hermosa tierra de la primavera eterna.