LOS PERTURBADOS DONES DE LA DIVINIDAD

Percy Vílchez Vela.

El ignorado Lienzo del Apisuncho es uno de los descubrimientos más importantes de la todavía desconocida plástica indígena amazónica. Donde todo se malogra raudo, es un verdadero milagro que en 1985 fuera encontrado en San Martín por la expedición Antisuyo, comandada por el doctor Federico Kauffman Doig. Ese cuadro tiene una antigüedad de 600 años antes del martirizado Cristo. Es de tamaño desmesurado como que mide 4 metros de largo. Es íntegramente de algodón nativo, obedece a trazos y colores de los oriundos. El citado lienzo no es un hecho aislado. Ha surgido de la variada riqueza de las quilcas diseminadas en el territorio oriental, de esa pintura rupestre que todavía no es conocida, de los lienzos coloniales nativos que coparon las misiones jesuitas de Maynas. Sucesos que configuran una desconocida pintura nativa de la Amazonía del Perú.

Ese legado autóctono no es una herencia aislada, ocasional. En 1560 la entonces disminuida expedición de los marañones, en su viaje por los rumbos del Amazonas, encontró en un pueblo remoto dos lienzos naturales con las figuras de soles de color trigo. Los astros eran como ornamentos incorporados a la existencia de la aldea. Más de dos siglos después, de acuerdo al testimonio autorizado del viajero Paul Marcoy, las humildes viudas cunibas que moraban en Sarayacu intervinieron, con el dominio del secreto de los colores vegetales, en la inesperada restauración de un cuadro monumental pintado por un misionero. Entre ambos hechos hay episodios ocultos que todavía faltan conocer.

En el Lienzo del Apisuncho una de las cosas que más llama la atención es el uso de la pintura natural, de esa pintura que surge del conocimiento de la combinación de colores vegetales que hasta hoy perduran. Ese aporte ancestral está en los cuadros que expone Rember Yahuarcani López, en la muestra denominada Sueños del creador. Esa tecnología primigenia, cuyo dominio supone un largo aprendizaje, a veces se mezcla con la presencia del acrílico, lo cual confiere un color peculiar al cuadro y permite la fusión de lo antiguo y lo moderno.

En el lienzo antiguo las distintas figuras de peces, de aves o de felinos circundantes obedecen no a una copia o réplica de la naturaleza aledaña, sino que se sumergen en la estilización, el desborde de la simbología como interpretación avanzada de lo real. Los atributos evidentes de dicha obra -estilización y simbología- están presentes en la exposición de este pintor de origen huitoto. En los cuadros no está la repetición del paisaje verde, la acumulación de aguas que discurren, los rostros como copias del original. Hay una recreación de la experiencia de lo real, basado en los logros y hallazgos de la propia cultura.

En el Lienzo del Apisuncho hay la representación de lo vegetal y animal como fuentes primigenias del mundo. No figuran los seres del cielo y no están las divinidades en sus cetros desde donde conceden dones a los moradores de la tierra. La exposición de Yahuarcani desborda lo terrestre y se afinca en el imaginario mítico de la aldea madre, del condado propio. En el inventario de seres fundadores, de figuras genésicas, aparece la divinidad ancestral con sus dones y sus heredades. El milagro de la fecundidad sideral, del nacimiento cósmico, permite a ese ser designar a emisarios del alumbramiento de los distintos legados para el beneficio de hombres y mujeres. Entonces surgen figuras que transforman las cosas, que unen reinos distintos, que otorgan dones. El parto es proteico, innumerable. En ese inicio no hay el caos. El orden parece inmutable por los siglos de los siglos.

En esos legados celestes aparecen entonces las sombras que se infiltran en los dominios de la luz. Esos rasgos oscuros son los rastros de la hecatombe que estalló en algún momento. En los bajos fondos de la tragedia deambulan seres de las tinieblas. Estos sujetos del mal, deformados por ritos equívocos o ataviados con amuletos de pesadilla, han surgido para perturbar el orden del mundo creado, para destruir al linaje sagrado. Ello más que un litigio a nivel del firmamento, una versión metafísica de la batalla entre el bien y el mal, es la inequívoca expresión de la fractura de un mundo caído, de un mundo marginado por la exclusión y el abandono. En ese páramo, que desvirtúa el designio inmemorial del génesis autóctono, la divinidad debe huir de lo que le perturba y tiene que regresar a soñar en otra tierra posible que renacerá algún día.




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