Juegos De La Deslavasada Memoria

Por Miguel Donayre Pinedo.

La narrativa escrita en la Amazonia y sobre ella ha tomado a esta región, por lo general, como un espacio para la aventura. En esos lances ha tenido protagonismo el paisaje o las pinceladas costumbristas que detallan el mundo amazónico con sus mitos, leyendas, describir rincones de la ciudad, maneras de hablar entre otras. Pero, los marañones literarios en la floresta, con especial énfasis, en la selva peruana han obviado por diferentes razones lo que pasó con el caucho y la muerte de indígenas como consecuencia de la explotación de este recurso natural. Lo sucedido con la muerte de indígenas ha sido tremendo, una afrenta a nuestra condición de personas humanas. La invocación a la modernidad ha sido perversa. Ha quebrantado nuestras vidas en la floresta. Fue un genocidio y no debemos olvidarlo.

En España la dura y sangrienta dictadura de Francisco Franco, que en cifras tuvo alrededor de 200.000 muertos entre 1939 a 1942, que 700.000 estuvieron en campos de concentración, que más de 400.000 fueron encarcelados y 300.000 expulsados de sus puestos de trabajo. Fue una fractura social cuyos ecos fascistas todavía se escucha en la actual vida social española. Este hecho crucial en la vida de una nación tuvo gran impacto en la literatura, generándose así una deriva denominada, la literatura de la guerra civil. Es decir, los escritores españoles (sean éstos castellanos, vascos, catalanes, gallegos, exiliados entre otros) han “huaqueado” este territorio de la guerra civil con el ánimo que la “memoria histórica” no se pierda como es el caso reciente de Javier Cercas o Javier Rosa. Están ahí recordándonos lo cruel que fue ese momento y que no debe volver a pasar.

Este hecho contrasta mucho con las historias en la narrativa amazónica, más aún en la peruana que para ellos la selva amén de los prostíbulos y aventuras calenturientas no la entienden o no existe. Los acercamientos hacia los sangrientos sucesos del Putumayo, por ejemplo, han sido tímidos, apocados, tangenciales, casi en olvido, evasivos, de quitar cuerpo, de esquivar, dar largas. Ver, oír y callar parece ser la actitud hegemónica de los actores de las letras. La actitud es de no meterse en honduras o quizás haya sido una suerte de racismo inconsciente de aquellos que viven en las ciudades letradas de la selva. Eso merece más que un llamado de atención: una impugnación.

A pesar de haber sufrido en nuestras carnes un hecho tan tremendo como lo del Putumayo, no se ha generado una literatura del caucho que visite, recree, habilite, asedie lo que pasó en esos años y cuyas consecuencias las sufrimos hasta ahora como la exclusión social a indígenas o a la misma Amazonia dentro del imaginario peruano y mundial. Hemos corrido cobarde y rápidamente a refugiarnos en los mitos rurales y urbanos de las ciudades amazónicas, allí la deslavazada memoria encuentra su mejor hábitat.

En este sentido, desde la narrativa no se ha contribuido a conservar esa parte de la memoria de la selva. Ha pesado el pasar página sin reflexionar. Ojalá demos ese paso y no esperemos que otros escriban por nosotros, como muchos piensan que debe ocurrir. De no hacerlo, seguro, que nos pasará factura.




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