PIERO, LA EVOLUCIÓN

Moisés Panduro Coral.

Todo evoluciona. No estoy hablando de la evolución biológica del ser humano, es decir no hablo de la ontogenia que dura el tiempo de vida de un ser, ni de la filogenia que dura milenios, aún cuando en ambos casos exista un patrón, un diseño presente en todas partes que nos refiere la existencia de un Dios. Hablo aquí de la evolución del hombre como ser político, como un ser en relación con sus semejantes, dotado de una perspectiva de la realidad, que encamisado en una ideología o pensamiento aspira a transformar su entorno, y aún más, a reformarse a si mismo. Siempre hay un sentido superior de la vida, por eso es que el espíritu insatisfecho y reformista es intrínsicamente parte de la naturaleza humana. Evoluciona el ser político y evolucionan los tiempos, aunque las dinámicas tengan diferente intensidad. Evoluciona el adolescente anarquista e incendiario y se trastoca en un reformista de finos modales. Evoluciona el protestante combativo y de los bandazos a diestra y siniestra y se transfigura en el sosegado líder propositivo de norte definido. Evoluciona el marxista de la dictadura del proletariado para erigirse en el socialista democrático del Estado bienestar. Evoluciona el paladín de la grita clasista y polpotiana y se recicla en el dirigente de frente único de clases, negociador y keynesiano.

Con Piero, el cantante argentino que tuve el privilegio de escuchar hace unos días en vivo y desde una cómoda primera fila, ha sucedido también una evolución. Y es que como todo miembro de la especie, nuestro admirado artista, es también un ser político. Fue el quien dotó a las juventudes latinoamericanas de un himno contra las dictaduras militares que asolaron el continente en la década del setenta. Los argentinos lo cantaban contra la dictadura de Videla, los bolivianos contra la de Banzer, los chilenos contra la de Pinochet, los paraguayos contra la de Stroessner, los peruanos contra la de Velasco, y los uruguayos contra la suya, y los brasileños contra la propia y los ecuatorianos igual. No importaba la orientación de las dictaduras, lo importante era la liberación de la opresión que estas castas de aventureros y sanguinarios metidos a gobernantes habían impuesto, respaldados en la mayoría de los casos por el gobierno norteamericano en medio de la guerra fría que libraba frente al expansionismo soviético. Y con esa canción los jóvenes crecieron sabiendo que estudiar no era pecado, que saber no era clandestino, por que cuando el pueblo sabe no lo engaña un general y que por lo tanto la patria liberada debía ser. Y con otra similar, los jóvenes sabían las cosas que pasaban en su país, desde el Mercedes con chapa extranjera que llevaba la amante de un general, pasando por los tipos de al lado que le clavan el codo a los desocupados hasta la historia de nuestra nación siglo tras siglo sin solución.

Y los muchachos veíamos en Piero no sólo al de la música protesta, sino al de las canciones de historias de vidas plenas en unos cuantos versos, del romance -sencillo hasta la euforia- pero comprometido con el cambio social, del amor con cero de tasa de interés, de lo cotidiano e informal reconvertido en unas letras eternas nacidas de un siglo de convulsiones. Y así junto a la joda a los americanos aprendimos a cantar llegando llegaste, te miré de frente, después puse un nombre, te llamé ternura, me fui animando, luego te besé. Y al lado de la sonrisa nublada de las paredes que piden libertades y de la exigencia de que se vayan ellos, -los que encarcelaron, los que torturaron, los que mataron-, surgía nítida la voz en la garganta para corear si vos te vas, mi amor si vos te vas, quiero que te acuerdes me recuerdes, yo por mi parte no te olvidaré, a lo mejor volvemos a encontrarnos. Y con Juan Boliche, Waldemar el Brasilero y Pedro Nadie, por qué no coger una guitarra y con el alma en el corazón cantar esa canción símbolo del amor filial que habla de un viejo de tristeza larga, que anda con paso lento y a quien la edad se le vino encima como algún día se nos vendrá encima a todos.

Pero Piero, como lo adelanté, evolucionó. Y la guajira de la unidad latinoamericana compuesta después de más de veinte años de haber iniciado su carrera artística, es una canción coloridamente ochentera más que ninguna otra de las canciones de la época. Y claro, sin dejar de cantar las canciones que encendieron nuestros fuegos ideológicos primigenios, nosotros cantamos esa guajira por que era la expresión de una evolución acelerada en los todavía paroxísticos momentos de la guerra fría. Más guajira que nunca la canción tenía una pregunta ¿qué nos asombra? si por donde uno mire el problema era casi igual. Ya desde muchos años atrás, y con más contundencia en julio de 1978, al instalar la Asamblea Constituyente que elaboró la Constitución Peruana de 1979 -sí, la Constitución que debemos reinstaurar en lugar del estatuto de ocupación fujimorista que todavía nos enmarca-, Haya de la Torre resumiendo su pensamiento en el contexto mundial imperante entonces había dicho que la revolución social en nuestros pueblos deberá hacerse pero no en la condición de países sumisos a los dictados de Washington o Moscú, sino manteniendo la independencia respecto de ambas potencias extranjeras. En la guajira de la unidad latinoamericana, y siguiendo la misma onda que Haya de la Torre, Piero también se preguntaba ¿y a los yankis y a los rusos quien los eligió? como un rechazo a la injerencia capitalista y comunista en los asuntos latinoamericanos, o dicho en sus palabras recientes, como una contraofensiva a la categoría de patio trasero que nos tenían tanto los gringos de abajito de Alaska y arribita de México, como a la condición de campo de prueba ideológico y balístico que nos tenían los otros gringos de cerquita del Polo Ártico y de allisito del muro de Berlín.

Ahora Piero canta en un mundo multipolar, de libre comercio, de cambio climático, de exclusiones pronunciadas, con objetivos de milenio poco logrados y más necesitado que antes de la justicia social. Pero sigue siendo el Piero que relata con buen humor y muchísimo amor lo que le dijo su padre cuando le compuso la canción que es la terapia musical de millones de padres en su día. Es el Piero que se anima a contarnos con transparencia y humildad la forma como apoyó la llegada al poder de un indígena como Evo Morales, que se emociona ya mismo con esa oportunidad. Es el Piero que en la parte hablada de su concierto pone su atención en las cumbres mundiales de los que nuestro país es anfitrión en este año, y que quizás escuchó a Alan García y a los demás líderes latinoamericanos y europeos decir que es el momento de los resultados por que en este tiempo -como en los otros tiempos- la alegría del bienestar no debe ser delito, ni la paz social calamidad.

Es lo normal. Lo anormal hubiese sido que un ser político como Piero se quedara congelado en el tiempo, que no supiera interpretar el ritmo y el paso febril de la historia. Es la evolución del espíritu humano en el sentido sincrético superior y positivo, del mismo modo que la filogenia vendría a ser el resultado de muchos procesos ontogénicos.




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