De antropólogos setenteros y otros profesionales

De antropólogos setenteros y otros profesionales.

Alberto Chirif.

Revisando antiguos mensajes de la red “Comunidad Educativa Loretana” que no había tenido tiempo de abrir, he encontrado un escrito de Moisés Panduro, publicado originalmente en Pro & Contra, el 8 de abril, en el que se refiere a los “antropólogos setenteros”. Como soy antropólogo y, además, inicié mi vida profesional en la década de 1970 (terminé mis estudios en la universidad de San Marcos, 1969), pensé en un primer momento que bajo ese atributo temporal el autor podría estar aludiendo a mí.

Leí entonces el texto para tratar de entender cómo el autor clasificaba a los “antropólogos setenteros” y qué características específicas les asignaba. Confieso que no he encontrado nada concreto que ayude a definir el concepto materia del escrito de Moisés Panduro, ingeniero forestal de profesión y entusiasta aprista de vocación. Pero, a partir de las críticas que él les hace a esos antropólogos, algo he podido reconstruir sobre los rasgos que el autor atribuye para criticarlos.

Trataré entonces en estas líneas de recomponer el modelo que Panduro critica sin definir con precisión. Según palabras del autor de la nota, esos antropólogos setenteros sostienen “el estrábico y retuerto sofisma según el cual la cultura occidental es perversa por ser la cultura dominante, y por que entre otras cosas, les ha impuesto el uso del idioma castellano”. Luego de esta retorcida frase, él centra su énfasis en la cuestión del castellano, afirmando “que el aprendizaje del castellano para un indígena no es una expresión de debilidad cultural, por el contrario, representa la adquisición de una fortaleza que es el bilingüismo y que nosotros no hemos desarrollado adecuadamente”. Entonces, rasgo uno y principal de dichos antropólogos es oponerse a que los indígenas aprendan castellano, aseverando, al mismo tiempo, que este aprendizaje es demostración de la perversidad de la cultura occidental.

Otro rasgo de esos sofistas enmarañados tendría que ver con el fútbol, deporte que, al parecer, aunque es entusiastamente jugado por los indígenas, cae también bajo la mirada crítica de los antropólogos setenteros. Panduro se refiere a este tema en dos párrafos en los que, a su vez, alude a dos de sus viajes por comunidades indígenas amazónicas. El primero de ellos, por comunidades shipibas, en donde la gente le solicitó gasolina para activar un grupo electrógeno y así prender un aparato de televisión para ver el partido que Perú jugaba contra Paraguay, en el marco de las eliminatorias Francia 98. Nos cuenta Panduro que cumplió con los deseos de la gente, que le agradeció su gesto aclamando su nombre de acuerdo al uso del habla local: “¡Moico! ¡Moico! ¡Moico!”. Por su parte, él señala que, junto con su compañera, emocionados les respondieron: “Mion kénei! ¡mion kénei!”, expresión que según aclara, quiere decir “¡los quiero! ¡los quiero!”, en lengua shipiba.

La segunda experiencia futbolera comunal del ingeniero Panduro, de acuerdo a su relato, fue en “la tarde de un domingo de 1995 en la comunidad de Pucaurquillo cuando un grupo de ex-estudiantes boras me reconocieron y me invitaron a dar el play de honor de un partido de fútbol entre dos comunidades”.

El tercer rasgo que creo deducir conforme el modelo criticado por Panduro tiene que ver con el baile, más específicamente “con los cumbiones de Natusha de moda en esos tiempos reproducidos por un potente equipo de sonido marca Peavy”, que, según nos cuenta él con pasión, una noche bailó “como pocas veces en mi vida- acompañado de varias mujeres nativas”. Aquí, debo confesar, se me pierde un poco la pista, porque al terminar de leer no me queda claro si los antropólogos setenteros se oponen a que los indígenas escuchen los cumbiones de Natusha, o a que usen potentes equipos de sonido marca Peavy o a los bailes acompañados de varias mujeres a la vez.

Bueno, sea como fuere, creo que el cuadro está más o menos compuesto: los antropólogos setenteros son sofistas retorcidos y estrábicos que consideran perversa la cultura occidental, que se niegan a que los indígenas aprendan castellano, que no se solidarizan con su afición por el fútbol y que, por último, tampoco gustan de los cumbiones de la señora Natusha, de los equipos Peavy, ni del baile con varias mujeres a la vez. Aunque Panduro no lo dice, al parecer esos profesionales considerarían a todo esto como expresiones de la perversa cultura occidental.

Una vez ubicados los atributos de esos profesionales setenteros a través del procedimiento descrito, me puse a analizarlos y a ver en qué medida podían corresponder a mí o a colegas de mi entorno. ¿Pensamos que la cultura occidental es perversa? Si consideramos el alcance histórico de este concepto a partir del inicio de la Edad Media, en el siglo V, hasta la actualidad, difícilmente habrá alguien que pueda calificar de perverso un periodo tan extenso y tan notable en personajes representativos de las artes y del saber. Por otro lado, si bien es cierto durante estos largos siglos han habido personajes y procesos perversos, ni unos ni otros han tenido que ver con la cultura a la que alude Panduro, sino más bien con la política, pero éste es un tema en el que no me voy a detener para no salirme de los cauces que él ha fijado.

Respecto al castellano, tampoco conozco colegas que piensen que su aprendizaje sea perverso o nocivo para los pueblos indígenas. Por mi parte, debo confesar que, considerando mi propia torpeza para el aprendizaje de lenguas, a mí me hubiese sido imposible comunicarme con indígenas amazónicos si no fuese porque una gran mayoría de ellos ha aprendido castellano. Más aún, actualmente hay muchos casos en que pueblos indígenas enteros o sectores de ellos se van quedando con el castellano como lengua materna, a causa de la pérdida de su lengua original, por razones que no son del caso detallar ahora.

Para seguir con el tema de la lengua, más bien debo decir que son funcionarios, no antropólogos, quienes hacen problemas, desde hace ya mucho tiempo, cuando se encuentran con indígenas que ya no hablan la lengua de sus ancestros. Por citar un caso, entre muchos, menciono el de la comunidad San José de Saramuro, en el Marañón (distrito de Urarinas), que luego de haber sido inscrita como tal en octubre de 2006, soporta hoy los embates de la Dirección Regional Agraria de Loreto, que ha emitido una resolución directoral (Nº 383-2007, del 28 de diciembre de 2007) pidiendo al Ministerio de Agricultura que anule dicha inscripción. En esa resolución, los funcionarios afirman haber visitado la comunidad y haber encontrado que los pobladores no hablan el dialecto cocama y “es más ninguna clase de dialecto”.

Dialecto es la forma específica de un conjunto social de hablar una lengua. En Loreto, por ejemplo, se habla una variante dialectal del castellano. Si nos atenemos a la afirmación de los funcionarios de la DRA-L de que en la comunidad los moradores no hablan “ninguna clase de dialecto“, tendríamos que concluir que San José de Saramuro está conformada por pobladores que en su totalidad son mudos. Estaríamos así frente a un hecho inédito que podría registrarse como curiosidad histórica (tal vez un record Guinness), si es que no tuviéramos la certeza de que la afirmación de esos burócratas se debe a que no tienen idea de lo que están hablando.

Este caso nos pone frente a funcionarios que niegan la condición de comunidad indígena a un grupo humano por el hecho de haber perdido la lengua de sus ancestros y no hablar más que castellano, a pesar de que sus integrantes se autoidentifiquen como tales. Sé que esos funcionarios no son antropólogos, y probablemente tampoco apristas ni sesenteros (creo más bien que pertenecen a esa clase que hay que identificar con carbono 14), y que hacen parte de ese tibio magma burocrático en el que la gente se enfría por desuso de actividades vitales como la del pensamiento.

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3 Respuestas to “De antropólogos setenteros y otros profesionales”

  1. No conozco a Chirif, pero he leído varios de sus escritos militantes comprometidos con la amazonía y sus pobladores. En cuanto a Panduro , como intelectual es un buen aprista, ojalà que Chirif tenga compasión de él. Zapatero Panduro, a tus zapatos.

  2. El problema en todo esto es que algunas personas creen que por ser o antropologos o ingenieros pueden decir descerebrados a los demas, señores el que sepan redactar y utilicen las palabras mejor que otros no les da derecho para envolvernos con sus tonterias,el primero echando barro a profesionales, que en todo caso tendran motivos para pensar de otra manera, para eso estudian; y el segundo para menospreciar a gente que quizas solo se basa en una ley mal elaborada, como casi todas las que se dan en lo referente a comunidades.Habia escuchado que es soberbio Alberto, no imagine cuanto

  3. Uy el que se pica pierde Karina. Asi como Panduro publicó lo suyo, Alberto hizo lo mismo. Buen texto, como el que nos tiene acostumbrado!!

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