Los hermanos nativos

Moisés Panduro Coral.

No sé cuánto conoceré de la cultura indígena amazónica, de las poblaciones ancestrales que en el paso del tiempo la han ido forjando, de las aspiraciones que han marcado su identidad y de las frustraciones que han dejado su huella indeleble en el carácter de sus reivindicaciones. Sí he tenido el honor de ser invitado en un par de ocasiones a dictar cursos para la escuela de educación bilingüe en la UNAP y en ese breve tiempo de aprendizajes recíprocos he podido observar en los estudiantes de todas las etnias un ansia genuina por el progreso material y tecnológico, por superar las condiciones de pobreza que les circunda y por mirar más allá de los compartimentos ideologizados en los que el discurso antropológico setentero los ha tenido y los tiene aprisionados hasta hoy. Y pese a que ese discurso les ha machacado afanosamente el estrábico y retuerto sofisma según el cual la cultura occidental es perversa por ser la cultura dominante, y por que entre otras cosas, les ha impuesto el uso del idioma castellano, tengo la certeza de que en la profundidad de su ser subyace la pretensión legítima de acercarse a esa cultura tan vapuleada por parte de quienes se autoproclaman sus defensores. Y es que pocos tienen en cuenta que el aprendizaje del castellano para un indígena no es una expresión de debilidad cultural, por el contrario, representa la adquisición de una fortaleza que es el bilingüismo y que nosotros no hemos desarrollado adecuadamente.

Junto a mi experiencia docente, puedo referir también que como ingeniero forestal he trabajado durante tres años en proyectos de reforestación utilizando la regeneración natural de especies de valor económico con varias comunidades shipibas del río Ucayali. Y he aprendido que si bien nuestra visión de mundo no necesariamente es compartida a plenitud por ellos, no deja de ser una verdad maciza que su ideal de prosperidad y de bienestar pasa -en gran medida- por lograr el acceso a los servicios de los que gozamos los habitantes de las ciudades y por cancelar esa infame continuidad de carencias que les ha caracterizado desde su encuentro con el mundo occidentalizado. Y ello no por que la ciudad los deslumbre, ni por que la dominancia cultural así lo determine, sino por que la pretensión natural de ascenso social del ser humano está estrechamente vinculada al aprovechamiento de la oportunidad tecnológica y a lograr, cada vez más, comodidades en su entorno, que involucran aspectos sanitarios, educativos y nutricionales, fundamentalmente.

Cuando dirigía los trabajos de reforestación en los bosques de Nuevo Sucre, Santa Clara de Cushuscaya, Nuevo Olaya y Canaán de Cachiyacu, a veces nos hacíamos tarde y todavía teníamos plantones por sembrar, entonces acostumbraba animar a los comuneros shipibos con la sentencia que he aprendido desde niño: “nunca dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Así una vez, y otra vez y otra vez, hasta que en una asamblea comunal, mientras les explicaba los trabajos a realizar en la siguiente semana y les repetía mi consabida sentencia, uno de ellos pidió el uso de la palabra y me dijo “ingeniero, no veo por qué tenemos que apurarnos ¿acaso no hay el día de mañana? ¿ mañana no va a salir el sol?”. Cierto, me di cuenta que mi visión citadina del cumplimiento de metas difería grandemente de la de ellos. Dos velocidades diferentes para un mismo espacio-tiempo, o tal vez, dos espacio-tiempo diferentes y una misma velocidad percibida en diferentes grados de intensidad, como diría mi maestro Haya de la Torre, pero en fin, eso los dejo a los sociólogos. Esa misma noche, como colofón de la asamblea el jefe comunal me solicitaba una dotación de combustible para el grupo electrógeno y posibilitar así el funcionamiento de la antena parabólica y del único televisor del pueblo, pues de ninguna manera querían perderse el partido que jugaba Perú con Paraguay por las eliminatorias del campeonato mundial de fútbol Francia 98. Regresé unos días después con el pedido y fui recibido con vivas al apelativo con el que los comuneros y comuneras me conocían fuera del trabajo: ¡Moico! ¡Moico! ¡Moico!. Emocionados, yo y mi compañera, les respondíamos ¡Mion kénei! ¡mion kénei! (en shipibo ¡los quiero! ¡los quiero!). Y bueno, las metas se cumplieron largamente, sin necesidad de apremios y sin riesgos de que al día siguiente no saliera el sol. Debo aclarar, por si acaso, que en ese momento este servidor no era candidato ni soñaba con serlo.

Igual emoción me embargó en Caballococha, la noche un mitin de marzo del 2001 en que desde el estrado de la Plaza de Armas de esa localidad me dirigí a los asistentes. Grande fue mi sorpresa al ver allí entre los asistentes a varios ex-estudiantes ticunas que vivían en Cushillococha y con quienes en la mañana de ese mismo día compartí una minga con abundantes pates de mazato. O la tarde de un domingo de 1995 en la comunidad de Pucaurquillo cuando un grupo de ex-estudiantes boras me reconocieron y me invitaron a dar el play de honor de un partido de fútbol entre dos comunidades. O la noche aquella de 1992 en que asistí a la inauguración de una escuela en San Pablo de Sinuya, una comunidad nativa ubicada a varias horas tierra adentro de Contamana y a donde se llega en verano arrastrando en varios tramos el bote desde la orilla de los ríos Cashiboya y Sinuya. Esa noche, allí en la profundidad de la selva amazónica dancé al ritmo de quenas y tambores, y bailé -como pocas veces en mi vida- acompañado de varias mujeres nativas con los cumbiones de Natusha de moda en esos tiempos reproducidos por un potente equipo de sonido marca Peavy. Mis amigos Rodolfo Lovo, el gran periodista de Contamana y Jorge Vargas, ex-teniente alcalde provincial de Ucayali, deben tener el video de esta fiesta que muestra en varios pasajes la mezcla cultural afectiva, alegre y fraterna de shipibos y mestizos y el extraordinario paisaje de ríos y bosques del lugar, tanto así que el poeta don Javier Dávila Durand -de visita en Contamana por esos días- impresionado por las imágenes recomendó su difusión nacional.

Volviendo a lo que dije al principio, si bien es cierto que el discurso setentero distorsiona la perspectiva valórica del encuentro intercultural, en la actualidad el otro papel distorsionante viene del perjudicial comportamiento ambiental y social de algunas empresas privadas, especialmente en el tema de la explotación del petróleo. Y el Estado - gobierno nacional y regional- debería intervenir allí para garantizar crecientes niveles de confianza mutua. Y nosotros como sociedad civil, no deberíamos llamar a los indígenas como nuestros “hermanos nativos” si es que lo hacemos pensando en que somos los hermanos mayores y ellos los hermanos menores. No, esta debe ser una relación fraternal, de respeto y de equidad. Mal hacemos si inculcamos en ellos amarguras raciales y revanchismos primitivos, si avivamos acciones violentistas y si subsumimos los intereses indígenas en nuestros particulares intereses de promoción de imagen como algunos abogados y autoridades, de captación de dólares como algunas oenegés, o de un mal entendido concepto de justicia social como la mayoría de nosotros.




Envia esta nota a un amigo

:

:

:

Notas a continuación:

« ¡Mami la luz!

Modifican obra en Punchana »

Una Respuesta to “Los hermanos nativos”

  1. quiero expresarle a moies mi agradecimiento por esa distincion, aun conservo esas imagenes que no pudieron salir en los medios nacionales en ese entonces por que en esos tiempos. los espacios eran mas alimeñados, gracias nuevamente.

Deja tu comentario

Pro & Contra se reserva el derecho de eliminar y/o modificar los comentarios que contengan lenguaje inapropiado, spam u otras conductas no apropiadas en una comunidad civilizada. Si tu comentario no aparece, lo estaremos revisando lo mas pronto posible, cada día lo hacemos y colocamos en su lugar. Sentimos las molestias.

Pro&Contra - Publicación de Actualidad, Polémica y Debate.
Hecho el Depósito Legal Nº 2004-6379.
Calle Trujillo 1565 - Punchana, Iquitos.
Teléfono: +(51)(65) 25-2598.