El Tapiche se los tragó

Crónica de una tragedia más. Es jueves en la noche y llueve incesantemente en el Tapiche. Los vientos arrecian y cada vez son más fuertes y amenazan cualquier tipo de vida en esta zona de la Amazonía. El Santa Elena viaja con sus 28 metros de popa a proa con una lentitud propia para los cien pasajeros que carga encima, más arriba de ellos cientos de bolsas de cemento, fierro, combustible, animales, hamacas y por sobre todo, lluvia, intensa lluvia y vientos que allá, cerca de la comunidad selvática de Galicia en la provincia de Requena, están a punto de anunciar la muerte.

Jeen Pool de 16 años, está por dormir, pero presiente algo malo en medio de la tempestad, escucha al patrón de la lancha, quien ordena que los que puedan balanceen con sus cuerpos la nave. Está por tumbarse, los desenfrenados vientos están a punto de rendir sus resultados y todo a su paso se cae. Entre todo, claro, el Santa Elena. Jeen Pool observa que algunos lo siguen, al menos los que no han podido dormir, porque la travesía en río y cuando cae la noche y llueve el clima se vuelve tan fresco que es un antídoto natural que seduce al sueño y la mayoría de los casi cien pasajeros ha sucumbido a la invitación. Sobre todo los niños. Jeen se ha hecho hacia a la derecha o talvez hacia la izquierda: babor o estribor gritó el patrón, ya nadie lo recuerda con precisión porque en ese instante empieza a hundirse el Santa Elena en medio del Tapiche, que una vez más se ha cobrado sus víctimas, no como pago, pero sí como advertencia de la naturaleza.

El agua está como chocolate frío pero nadie se da cuenta porque es una oscuridad total, los gritos de los niños y las mujeres son aplacados rápidamente por las cientos de bolsas de cemento que empiezan a caer en sus cabezas. Como si no fuera suficiente la tragedia se aparece en un río amazónico en plena noche y con una implacable tormenta, los sufridos soportan que todo lo que lleva encima en Santa Elena lo soporten al mismo ritmo con el que la bodega empieza a voltearse en 180 grados para testimoniar bajo su plataforma que los quinquenios y decenios de trabajo informal por los ríos, ahora, sí ha pasado la factura.
En medio de todo y nada, Josefa Pacaya se despierta cuando el agua le hace perder a su hija recién nacida a quien sostenía entre sus manos y su cuerpo cansado. No es tiempo para llorar, empieza a bucear entre las hamacas que a esas alturas lo han enredado todo. Intenta buscar no sólo a su última hija sino a todo los que pudiera hallar con vida. Encuentra a su sobrina y a otra hija mayor a quienes el instinto de conservación de la vida las ha llevado a buscar un espacio reducido entre el agua y el piso de la lancha que ahora resulta ser en realidad el techo. Las encuentra y se anudan entre ellas para aguardar el rescate. Lloran un poco las niñas, mientras el combustible y las botellas de cerveza empiezan a naufragar junto con ellas, como un mensaje que las confunde aún más.

El río Tapiche es un río enorme para los ajenos. Para los propios no lo es tanto. Se trata de una arteria de agua que las vierte al Ucayali que es el hermano mayor y el que sí convocaría la atención de todos. Aunque es tiempo de crecida, el Tapiche no luce feroz, por eso talvez -han pensado algunos sobrevivientes más ágiles - la ayuda ha demorado en llegar. Las embarcaciones naufragan casi siempre en los 348,177 Km2 que tiene de extensión Loreto que representa más del 30% de la superficie nacional. Salen de los puertos no sabiendo cómo y durante el trayecto cargan y descargan y hace imposible tentar un registro de ello, por eso un lugar en extrema pobreza como Galicia, no importa tanto, siempre y cuando no se trate de muertos, por eso los medios de la lejana Lima se han preocupado y como colofón los que también debieron hacerlo se han puesto las pilas, pero ya es demasiado tarde.

Los muertos van aumentando minutos a minuto y los seis que eran el viernes en la mañana se van triplicando y llegado el lunes se dicen que son 66. Como si fuera un mal presagio se completa el número de la muerte. Los cuerpos son carcomidos poco a poco por las especies extrañas de la zona, algunos flotan porque se descomponen, son reconocidos y los lloran todos. Los periodistas regionales han disparado a mansalva contra todos, y eso hace que nadie se sienta responsable, los de la capital dicen que insisten en que es “Trapiche” y no “Tapiche” lo que hace más increíble la noticia y ya algunos empiezan a dudar de la tragedia en sí. Parece que el futuro se repetirá como hace centurias, Jaime Vásquez empieza su programa y la letra de su cortina dice: “Los caminos de la vida no son como yo esperaba, no son los que los que yo quería, no son los que imaginaba…”. Hay dos días de luto.

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