RECUENTO DE SERES DE OTRO LUGAR

ESCRIBE: Percy Vílchez Vela

En olvidados archivos, en no frecuentadas bibliotecas, duermen los escasos cronistas de estos lares. Aislados en el anonimato, dispersos en estantes para nadie, esos autores no conocieron la suerte de la publicación de un libro, ni lograron el favor de la lectura del escaso público. Ello es lamentable pues uno tiene que buscarlos aquí y allá, en una casería fatigante. Es por ello, para comenzar, que nos parece importante la reciente publicación de Tierra Nueva Editores del libro IQT Remixes, de Francisco Bardales Ramírez. El autor es un respetable periodista de tantos medios escritos, una pluma de indudable valía que ha esperado la madurez para fatigar la imprenta. Las once crónicas son la cuidadosa selección de años de ejercicio de la profesión. No son simples redacciones del momento, ejercicios al calor de la edición que sale, sino que revelan un trabajo serio de investigación, de elaborado trabajo de redacción, de sesudo análisis.

Lo primero que podemos decir de esas crónicas es que son, en conjunto, una incursión en los movedizos predios de la marginalidad y la exclusión. No la conocida de la pobreza histórica y la falta de oportunidades, la confinada a los rincones raciales o la barbarie de género. Se trata de otros marginales, de otros segregados. Desde la primera hasta la última crónica hay una constante referencia, directa o indirecta, a individuos que han decidido vivir de otra manera, a seres que han migrado hacia otra latitud, lo que no implica que hayan dejado sus pagos nativos. Es otro tipo de fuga. Lejos de los ámbitos convencionales, de las ocupaciones estériles por el desastre de la costumbre y lo sórdido de las rutinas inútiles, de las conductas para el aplauso interesado. Estos personajes, incluyendo al mismo autor, no están en su salsa en los sitios habituales, requieren de otros aires, otros ámbitos.

En sociedades desarticuladas, que arrastran siempre sus desmedidos y hondos desencuentros, no puede haber la tranquila vida común ni el contento habitual, nos dice el autor. Entonces queda la marginalidad, pero esa exclusión no es una huida a los engañosos consuelos del vicio, los acomodos del delito, las peregrinaciones de la derrota. Hay una frecuente búsqueda de la afirmación del propio ser, la búsqueda de una ardua autenticidad que puede tener sus errores, sus excesos. Pero que es a fin de cuentas la única manera de vivir que encuentran esos seres. Hay en ellos como una desesperación recóndita para alcanzar la otra orilla, empleando el talento en menesteres más importantes que todo el censo de ofertas establecidas que sólo sirven para confirmar un estado de cosas, para incrementar la comarca de esclavos, para seguir el camino de recetarios devorados por la ruina. Precisamente varias crónicas, como Los malos nunca mueren, El baile interminable, ADN technicolor, Gentita, son referencias a ese otro mundo petrificado, a las viejas formas del mal vivir. En esos trabajos el autor se ubica como un testigo que observa, que pasa revista como recorriendo los lugares y las conductas que no suscribirá ni frecuentará. El mundo está dividido entonces, simplistamente, entre los que son de allá y los otros, los raros, los extraños.

Esa marginalidad no es de un lugar o de un tiempo. Puede ocurrir en cualquier parte, en Iquitos, en Lima, en Miami. Puede ocurrir en el pasado o en el presente. De todos esos marginales o excluidos el símbolo mayor es, desde luego, el peregrino Ernesto Guevara la Serna, citado en la crónica San Pablo / Revolución. El rebelde con causa todavía no era el mítico personaje que ahora es cuando realizó su viaje por los manglares acuáticos del bosque. Su presencia en San Pablo, su desbordante humanismo que no se detuvo ante el horror de la lepra, su don de gentes, dejaron una huella imperecedera en aquel lugar. Ese marginal legendario, que años después entregaría generosamente su vida en nombre de un ideal, estaba apenas de tránsito pero su paso nos dice que buscaba comprender cabalmente el mundo en que vivía. Es decir, era un marginal que no se apartaba de la existencia, ni buscaba un destino más fácil. En torno a Guevara se alinean los otros seres que también, en menor o mayor grado, adoptaron el destino de lo marginal. No tienen el brillo del guerrillero argentino, pero también buscan algo distinto, otro destino.

El otro centro del libro que comentamos es la constante cita al espacio abierto, el lugar despoblado de muros. En casi todas las crónicas hay una referencia a la calle de siempre, a la calle que va o que viene. En ese lugar del peregrinaje incontenible, del paso incesante, suma de tantas voces distintas, hay más que una referencia descriptiva, más que una simple ubicación física de tal o cual lugar. Hay como una obsesiva referencia a las variadas posibilidades que puede alcanzar el destino humano. Hay como una invitación al lector o lectora a recorrer la amplitud del espacio sin murallas, como una apertura a los senderos de lo marginal, de los excluidos que no es una condena, sino la búsqueda de una mejor vida.

El libro entonces es un recuento de seres de otro lugar, un censo de personajes que se han ido a otra parte. Es la referencia al otro lado de la luna, donde el éxito o el fracaso son espejismos. Lo importante es elegir la calle nuestra, el camino de cada uno, donde se acabe el servilismo a los poderes y las normas vacías, donde el individuo no sienta que es una víctima de los que se encumbran con el comercio de la estupidez, ni sienta que la existencia es un triste fracaso que acaba en el silencio del sepulcro.

Hijo de tu madre

ESCRIBE: Beto Ortiz

“Salud, viejita y bendito sea este silencio que también nos ha abrazado, jubiloso. Salud porque todavía estás aquí”. Era mayo del año pasado, Día de la Madre. La protagonista: Zoila Irma Pajuelo de Ortiz. El escribidor: Beto Ortiz, hijo de su madre. La muerte llega cuando menos te lo piensas, cuando se te ocurre que todavía vendrán más brindis, silenciosos, ausentes y jubilosos. Beto Ortiz escribirá cualquier día de estos el último día de Irmita, su mamá, quien falleció el pasado miércoles 23 de enero, a los 82 años, como consecuencia del mal de Alzheimer. Hoy no tiene ánimos de escribir, quién los tendría. Su corazón está roto. Aquí el artículo que le escribió el año pasado. Beto esperaba que sus palabras alcanzaran el milagro de ser comprendidas por su mamá.

«No te preocupes por absolutamente nada, gordo. Ya tú sabes que yo soy un poco maga de modo que aquí, con mi novedoso ‘Plan Austeridad’, nosotros siempre nos las arreglamos. Lo único que importa en esta casa es que tú tengas tu computadora, ¿okey?. Fin de la discusión. He dicho.» (Lima, 20 de diciembre de 1990)

Antigua de la vida y del amor:

En la ilusión magnífica de que estas torpes palabras que te escribo se puedan convertir en algún código milagroso en el que tú me entiendas todavía, me he sentado en el piso con mi cabezota recostada en tu regazo, como un niñito absurdo y asustado. En la fantasía perfecta de que alguna de mis frases -que han de ser lo único cierto que me queda para darte- se vuelvan, por ejemplo, un perfume espléndido de jazmines entre la noche o una simple sinfonía de pianola que te arranque, por lo menos, un suspiro, he buscado block y lapicero y me he puesto a escribirte esta carta aquí contigo, ante ti, más hijo único que nunca, calladita la boca, mientras te miro. Mírame, Irmita. Aquí estoy. Completamente dispuesto a que me enseñes de nuevo a pararme sobre mis pies, a avanzar, a caerme y levantarme al infinito, de lo más pancho y tarareando una milonga arrabalera, cual si nada sucediera, cual si oyera la nieve caer.

«¡Qué pena que se extraviaran tus maletas! ¡Qué lisura! Pero mejor tómatelo con soda: si eso no te hubiera pasado, no hubieras podido almacenar tan rico material y nunca nos hubieras escrito, a tu papá y a mí, un relato tan, pero tan delicioso!» (Lima, 22 de agosto de 1990).

Aquí me tienes, maestra y guía, más que ansioso por que me enseñes otra vez, la vida toda desde cero, desde el primer capítulo, de nuevo. Díctame, una por una, las lecciones no aprendidas -que son miles- cual si yo fuese otro más de tus miles de alumnitos que, más muertos que vivos, llegaban cada mañana, durante 35 años de tu vida, al colegio 1022 del jirón Restauración en Breña: descalzos, tebecianos, piojosos, moreteados a golpes, llagados o tan hambrientos que se desplomaban en plena formación y tú los resucitabas con un simple y benéfico tazón de cereal donado por la Alianza para el progreso y cuatro panes tolete con atún. Y veinte años más tarde -ya logrados- te abrazaban por las calles como a una estrella: “¡Gracias a usted soy el que soy, señorita directora!” Dirígeme a mí, señorita, que no sé ni para dónde hay que correr. Hazme rezar contigo, por ejemplo, esa que dice aquello de Ángel de la guarda/ dulce compañía/ no me desampares ni de noche ni de día/ No me dejes solo que me perdería. Too late porque yo ya me perdí. Estoy perdido ahora, vieja, a la firme. Convérsame. ¿Acaso no ves que todo está hasta el queso? Dime algo, Zoila Irma, no seas así, cuéntate alguna cosa aunque sea, cualquier cosa. Háblame un poquito y te prometo que me porto bien. Te lo juro por mi madrecita. O sea, por ti. Por tu madre o por la madre de tu madre. Háblame. Convérsame como antes, ¿Qué me dirías si pudieras hablarme todavía? ¡Qué no me dirías! ¿Qué opinión te merecería tomar conciencia de esto que ahora soy y que ya ni siquiera encuentras familiar? ¿Qué sentencia sutil pero feroz te brotaría de los labios, repentina, frente a este espectáculo andante que ahora soy y que ni yo mismo reconozco? Aún conservo todas tus cartas, alucina. Podré haber perdido aviones, amigos, ahorros, años, ilusiones pero, eso sí, nunca he perdido ni una sola de tus cartas. Las guardo todas.

«Hazme un favor, tráele a tu padre algún traje decente, el otro día tuvimos una boda y, adivina qué se puso, su ‘terno eterno’, el mil veces remallado Príncipe de Gales y, completando la tenida, una hermosa corbata anchísima y granate. Así como lo oyes: ¡Granate! ¡Santa Tecla milagrosa!, tuve que llamar, una por una, a las beatitas candelejonas de tus tías Ortiz y ni por esas logramos hacerlo entrar en razón! ¡No sabes qué infierno!» (31 de octubre de 1990).

Las atesoro y las releo al infinito y nunca me canso. Me las mandaste la primera vez que me fui del país con mi primera bequita de chanconcete. Qué bárbaro, tienen ya casi diecisiete años de escritas y, no obstante, lucen frescas. No sólo no han envejecido nada sino que hasta parece que, en ellas, me hubieras adivinado certeramente el futuro. Cuando el destino me sacó tarjeta roja y me eyectó como a cassette bamba, llevaba tus cartas conmigo a todos lados, con sobre matasellado y todo, bien guardaditas en el mismo estuche que el pasaporte. Hasta ahora, que he vuelto al barrio y todo es lo mismo, me gusta pensar que, en realidad, me las escribiste ayer.

«Qué loco eres, hijo de tu madre. Anoche nos hemos reído a carcajadas saboreando tus cartas, las estoy guardando todas por si algún día te armas de valor y te pones a escribir algo así como ‘el diario de un periodista provinciano perdido en Nueva York’ ¿No sería genial?» (16 de noviembre de 1990).

Yo que me he pasado como veinte años de mi vida inmortalizando a tanto extraño ilustre, ¿Por qué nunca encendí una cámara delante de ti para, por el resto de mis días, poder escucharte decir, una y otra vez, que -con mis más soberbios bemoles- tú me vas a querer siempre? Sólo los zonzos sufren con anticipación -dirías tú, renegando, si leyeras esto- sólo los zonzos sufren gratis. Y sí, pues. Tú ganas, como siempre. De modo que basta. Suficiente por hoy con el coro de los lamentos. Respetemos el feriado, por lo menos.

«Me gustaron mucho las fotos, sales bastante buenmozón, pero hay algo que me da curiosidad: ¿quién te las toma tan bien, ah?, ¿no será que te has agenciado alguna gringa como fotógrafa personal? Cuenta, cuenta.» (5 de octubre de 1990).

Pues fíjate que no, debo confesarte que fotógrafa no era, ni tampoco gringa ni nada que termine en ‘a’. Esa partecita irrelevante de la historia sí que te la perdiste y tanto mejor que fuera así. Mejor que no tuvieras jamás que ver mi cara ni mi nombre masacrados en portada. Mejor que no tuvieras que reclamar que te dé nietos que difícilmente llegarán. Tal vez eso sea lo único bueno de todo esto. Que todo estallara y que tú no te dieras cuenta. Así que no voy a ponerme triste con reproches. Ni calculando cuán velozmente avanza el mal ni mucho menos pensando en que mañana te habrás ido, nada de eso, nunca, ni de vainas. Hoy voy a estar contento. Voy a estar, no. Estoy contento porque estás apretando mi mano, porque todavía puedo contarte secretos al oído, porque te puedo dar tu leche asada en la boca, cucharadita por cucharadita. Porque quizás, dentro de un rato, en el colmo de la suerte, me sonrías. Mírame, antigua. Soy Betito, el engreído, el gordinflón, el que se hacía la pichi en la cama hasta los doce, el recontra lorna, el mátalas-callando, el despelotado, ese soy yo. Y vaya que tengo tus ojos, tus malas pulgas, tu terquedad, tu risa, tu pasión, tus manos. Somos igualitos, ¿verdad? Claro que sí, toda la Asociación de Damas de San Borja lo confirma: ¡pero cómo he crecido! ¡Estoy grandazo! Grandazo y fuerte como un tanque porque tengo a quién salir. Ya tú sabes: siempre con nuestra mejor sonrisita cachosa por delante, así se nos esté desmoronando el corazón como un alfajorcito de maicena, así se nos esté viniendo el maldito techo en la cabeza, ¿tú?, mantén incólume el peinado sixties y ya está, ¿tú?, recontra distinguida, ¿tú?, tranquila, que aquí no pasa nada porque yo estoy contigo. Yo te cubro, mamá, yo te abrazo con todita mi humanidad. Mírame. Soy tu hijo y tú también eres mi hija, ahora. Yo te cuido, vieja. Yo solito. ¿Para qué más? Yo soy Beto Ortiz Pajuelo, por si acaso, el hijo de Irmita, el que acaparó todo el geniazo del abuelo Max, ese mero, el que escribe mejor que ningún otro cabrón sobre esta tierra, aunque les duela. Oh, yes. Así es. Indudablemente. Un grande, claro que sí. Salud entonces, doña Irma, con nuestro infaltable coctelito de algarrobina, aunque sea con cañita, ya qué importa, sin derramar nada sobre el individual, despacio que nadie la apura, de a sorbitos. Un grande. Por ti, para ti, desde ti. Salud, viejita y bendito sea este silencio que también nos ha abrazado, jubiloso. Salud porque todavía estás aquí.

Beto en el Amazonas

El año cultural de Tierra Nueva Editores se cerró el 2007 con la presentación del libro de crónicas de Francisco Bardales, colaborador asiduo del diario Pro & Contra. La obra se llama IQT Remixes y es un censo de personajes que han optado por los senderos de la marginalidad para realizarse. El evento se realizó en La Parranda y uno de los presentadores fue el siempre controvertido periodista Beto Ortiz. Hombre de verbo provocador, muchas veces metido en litigios con diferentes personajes de la política y la farándula, que recientemente había regresado de un forzado exilio en los Estados Unidos, fue convocado a esta ciudad para presentar otra vez el libro que ya había presentado en Lima. El citado tuvo palabras de elogio para el cronista y habló muy bien de su prosa, de sus temas que eran una búsqueda de reflejar una parte de la realidad de diferentes seres y lugares. Destacó el uso de variados referentes culturales, siendo uno de los más importantes el uso de las palabras regionales que funcionaban dentro del uso de las palabras castellanas habituales. Después alabó la meritoria labor que cumple la editora regional y mencionó a algunos artistas que se la juegan en la remota provincia, sin acudir al bautismo limeño. También se refirió a la ciudad que había conocido en circunstancias ajenas al periodismo y a la cultura. Nos referimos a la urbe de Iquitos, con la cual había entablado una relación de amor y odio, debido a que las cosas le habían ido mal económicamente. Al final, dio a entender que se había reconciliado con esta metrópoli. Tanto así que su estadía se prolongó más de lo planificado y aprovechó para navegar por donde nace el Amazonas. A los pocos días de su presencia en Iquitos, su madre falleció y desde éstas líneas le enviamos nuestras condolencias. Publicamos una crónica sobre su madre, como un homenaje a su progenitora y también al ben periodismo.

EL INGRESO AL SECRETO ANCESTRAL

En su caudalosa incursión por territorio selvático, el viajero francés Paul Marcoy, se encontró con unas mujeres formidables que desde antiguo, desde la sabiduría de sus ancestros, conocían el secreto de la pintura vegetal. Esa tecnología les permitía adornar sus trabajos en arcilla, donde dejaban sus lecturas del mundo y de la vida. Esas mujeres vivían en Sarayacu, eran viudas y pertenecían a la nación de los cunibo. Ellas dominaban cinco colores primordiales que eran el negro de humo, el amarillo, el azul violáceo sacado del falso índigo, el verde obtenido mediante la maceración de una planta extraña, el rojo sacado del achiote. En sus decorados resaltaban las grecas, los rombos entrelazados y los jeroglíficos basados en el plumaje del pavo de las rocas.

Desde tiempos remotos la tecnología de la pintura vegetal en la Amazonía fue una donación trascendente, una influencia sagrada. Ese aporte se relaciona directamente con los dictados de la liana de los sabios. De esa alta pinacoteca descienden, a través de las visiones, para ser utilizados por las naciones indígenas. Desde siempre ha sido un secreto bien guardado, un conocimiento ancestral que no es para el uso y el manejo de cualquiera. Es todo un sistema que incluye la combinación de plantas para producir diferentes colores, un catálogo de símbolos que se relaciona con el cosmos y con la vida y otros elementos como los preservantes naturales que hacen perdurar esos trabajos nativos. A ese secreto oriundo ingresó la pintora Gladys Zevallos Chávez.

El camino que recorrió ella para alcanzar esos dones fue un largo y arduo itinerario, una travesía dilatada que no conoció ni el desmayo ni la renuncia. En una empecinada jornada la pintora amazónica logró insistir, con terquedad magnifica, para vencer los obstáculos, para superar las dificultades, para derribar las murallas que ocultaban ese misterio. Toda una vida le demoró alcanzar esos dones ancestrales, esa sabiduría de los oriundos. Sus conocimientos de la pintura occidental, los colores y las formas, fueron prácticamente abolidos por sus rotundos descubrimientos que le impulsaron a buscar un nuevo tipo de pintura que unía lo antiguo y lo moderno.

La clave mayor de sus pesquisas artísticas fue concedido por las visiones a través del Ayahuasca, jornadas donde contó con el invalorable aporte del chamán Luis Culquitón Roca y de Estación Kapitari. No como mero referente para plasmarlo después en sus cuadros, como han hecho y hacen algunos pintores, sino como fuente de búsqueda de los colores de las diferentes plantas, las combinaciones de las mismas para producir otros matices, y el acceso pleno a la simbología de algunas naciones indígenas. Ello fue como ingresar en el portentoso secreto de las fuentes pictóricas primeras, de las quilcas antiguas, una de las verdaderas claves de la auténtica plástica amazónica.

PROFESIONALES DE IQUITOS SE GRADUAN COMO DR. en CIENCIAS DE LA EDUCACION

 

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CUATRO PROFESIONALES DE IQUITOS SE GRADUAN COMO DRs. en CIENCIAS DE LA EDUCACION. 4 miembros de la familia Villacorta se graduaron como Drs. en Ciencias de la Educación en la Universidad Alas Peruanas entre ellos el Dr. Edwin Villacorta Vigo, la esposa del Dr., su hermana Judith Villacorta Vigo y el joven profesional Edwin Villacorta como Magister, felicitaciones a estos amigos por ser muy estudiosos.

 

 

 

 

El Dr. Edwin con su hermana Judith.

 

 

 

 

Edwin Villacorta Mg. junto a su papá Edwin Villacorta Vigo.

 

 

 

 

CARNAVALEROS DEL DOMINGO QUE PASO
Sin lugar a dudas una de las mejores humishas de Iquitos fue la que se plantó en la cuadra 3 de la calle Moore donde participaron con mucho entusiasmo los vecinos amigo e invitados y el más entusiasta de todos y que se vaciló de lo lindo fue Oscar Jarama en compañía de sus esposa Aurora quienes llegaron desde los EE. UU. para esta celebración, en la postal, Angela, Ofelia, Carucha, Clara, Charo, Carla, Maruja, Marilú, Tati, Fernando, Aurora, Oscar y Buquita.

 

 

 

 

Imponente humisha de la Moore cuadra 3 y los carnavaleros que vacilaron rico Oscar Jarama y su comparsa.

 

 

 

 

En la humisha de Moore cuadra 3 vimos divirtiéndose de lo lindo al grupito de ORTODENT, entre ellos Martín Muñoz, Sandra Muñoz, Charo Ruiz y Carla Araujo. Saludos para todos ellos.

 

 

 

 

Otro grupito que se divirtió mucho en la humisha de la calle Moore fueron los amigos Bruno Pablikoski, Gilberto Cubas, Cecilia Alva, Doris Olortegui, Elva Vargas, Angelita Bances y Maruja Oliveira. En plenos carnavales amazónicos

 

 

 

 

NUEVO JEFE DE LA REGION POLICIAL LORETO (REPOL)
El nuevo jefe de la Región Policial Loreto es el Crnel. PNP Jorge Antonio Chávez Barrera, quien es muy conocido en Iquitos porque es yerno del conocido empresario loretano Hilter Paredes, felicitaciones para Jorge Antonio por este nuevo cargo y de mucha responsabilidad.

 

 

 

 

MONICA CELEBRO SU CUMPLEAÑOS
La semana que paso estuvo de cumpleaños la Sra. Mónica Peña y para celebrar este acontecimiento se organizó una bonita fiesta social donde estuvieron saludándola un grupito muy intimo de su entorno así como recibió saludos y abrazos de sus hermanos Herman, Mario, Celeste y Pepe, en la postal momentos en que le cantan el popular Cumpleaños Feliz.

 

 

 

 

Mónica posa para el recuerdo de su cumpleaños junto a sus amigas entre ellas Lina, Laly, Rosita, Pilar, Carmen y Bety.

 

 

 

 

La cumplida en esta postal junto a sus hermanos Mario, Hermán su cuñada Jeny y otros amigos entre ellos el Ing. Burga y su esposa, la familia Jarama entre otros.

 

 

 

 

BETO PROBO SAPOTE
El popular Beto Ortiz cuando vino a la presentación del libro IQT, por primera vez en su vida se comió un zapote. Fruta exótica del bosque amazónico. Para Beto fue una experiencia inolvidable y eso que no probó el supay ocote.

 

 

 

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