Selva y ley de la Selva
ESCRIBE: Jaime Vásquez Valcárcel.
Escuche decir a Ernesto Cardenal a un periodista limeño que le perseguía por Bellavista Nanay en pos de una nota: “diga que soy un poeta del Amazonas, que ama la Amazonía”. Yo me quedé sorprendido. Escuché las historias más fascinantes de la boca de Alfredo Bryce Ehenique en las mismas orillas del gran río e impregné en mi disco duro las expresiones de agradecimiento que deberíamos tener los selváticos por acariciar el Amazonas. Observé el rostro impávido de Guillermo Giacosa extenuado por la experiencia de navegar por el Amazonas alejado del monóxido limeño y felicitar a la gente de Iquitos por poseer tanta naturaleza que respirar. Miré exhausto a Santiago Roncagliolo gritar a todo pulmón su alegría por recibir las gotas de lluvia en las calles iquiteñas. Sonreí cómplice al enterarme que Eloy Jáuregui -ese maestro de la crónica bien escrita y mejor resumida- desayunó con pisco en pleno boulevard antes de saborear los pescados más sabrosos que su paladar mundano haya conocido. Ví la sorpresa de Raúl Vargas al manosear un ají dulce en su recorrido mañanero por el Mercado Belén y disfrutar de las bondades de nuestras especias selváticas. Observé la cara de felicidad de Pedro Salinas al saborear cecina, venado, majas y lagarto en un solo platillo con la vista inigualable que da la ribera iquiteña. Ni qué decir de las reiteradas visitas a la floresta de ese maestro multifacético del periodismo nacional, Chema Salcedo, y sus expresiones de halago hacia nuestra aldea nativa y las bondades no aprovechadas de la flora, fauna y de la gente misma. En fin, muchos ilustres visitantes que han recorrido Iquitos y sus riberas me han topado a una realidad que estalla todos los días antes nuestros ojos y no nos damos cuenta.
Por eso, ante mi absurdo temor para subirme a los aviones, planifiqué un período de permanencia en algunos lugares ribereños. Y en verdad, la maravilla que uno puede experimentar es indescriptible -imagínese esta temeraria confesión de alguien formado para describir situaciones-. Navegar en la noche por el río Momón viendo las intermitencias de los añañahuis, escuchando el “ruido” de los grillos y saber que la tiniebla de la selva es mejor a la claridad de la ciudad. O trasladarse en “peque-peque” por una cocha cercana al río Marañón y ver en su estado natural a monos, garzas y cientos de paucares es sencillamente maravilloso. Maravilla a la que los amazónicos damos la espalda tonta y torpemente. O desembarcar en la “isla de los monos” y ser recibido por primates de varias especies que invitan a convertirnos de hombres a monos y de monos a hombres. O ver a los delfines -rosados y grises- sumergiéndose en la majestuosidad del Amazonas ante el silbido cómplice y llamativo del motorista. O, si prefieren, ya en contacto con la globalización, leer el artículo de Beto Ortiz en pleno albergue Rainforest, que fue uno de los escenarios inspiradores de ese escrito poético que nos regaló Beto un domingo del que todavía guardo y tengo el recuerdo. Todo eso es excepcional y fascinante. Pero ni la tranquilidad es eterna.
En “Piraña Lodge”, donde -no sé si para bien o mal- llega la cobertura de los celulares, recibo una llamada que me solicita participar en la transmisión de un foro sobre la “Ley de la Selva”. Comprendiendo que los periodistas en términos prácticos no tenemos vacaciones, decido suspender la mía para -al día siguiente- transmitir a todo el Perú a la vez el foro. Dejo la selva para escuchar hablar de la selva. Y me topo con la impertinencia verbal de Rafael Valdez, los sofismas estrambóticos de Augusto Vargas, las imperfecciones sintácticas de Víctor Isla, las confesiones un tanto huachafas de Pepe Álvarez, las provocaciones discursivas de Iván Vásquez, los alardes soberbios de Luis Campos Baca y las expresiones para el olvido de una serie de congresistas. Para no hablar de cómo está la ciudad. Pero dejar la selva para volver a la ciudad para escuchar hablar de la selva no ha sido la mejor elección pero la profesión obliga y aquí estamos, nuevamente, al pie del cañón.
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