UNA FURTIVA LACRIMA

A Jaime Vásquez Izquierdo por  Moisés Panduro Coral.
Fui su hincha y él no lo sabía. O quizás, sí, pues mi admiración por su talento lo comenté a muchos amigos y alguno de ellos debe haberle dicho algo. No sé cuando fue la última vez que me saludé con él, nos encontramos en la calle y me preguntó si ya tenía su última novela “La Guerra del Sargento Ballesteros”. Avergonzado le respondí “todavía no profesor”. Entonces, afable me invitó a su casa para lograr mi tercera dedicatoria de sus libros. Y siento rabia de no haber ido. De no haberle visto en todo este tiempo. La primera dedicatoria que obtuve de él lo escribió en su novela estelar “Río Putumayo”. Fue una tarde de marzo de 1988. Alguna gestión me pidió que hiciera y al avisarle personalmente del resultado aproveché para llevarle el libro en donde imprimió la dedicatoria que venía buscando hacía tiempo y que lo leí varias veces el domingo mientras era trasladado a su reposo eterno.

Fui su adversario ideológico en mi tiempo universitario. Él como docente, yo como estudiante. Sucede que luego de la promulgación de la Ley Universitaria Nº 23733 las Universidades del país estaban obligadas a adecuar su institucionalidad al nuevo sistema universitario que la legislación establecía. En 1981 se realizaron elecciones y él fue elegido representante docente y yo representante estudiantil ante la Asamblea Estatutaria que debería elaborar y aprobar el nuevo Estatuto General de la UNAP hoy todavía en vigencia. El ganó por muchos votos de diferencia su elección como tal en el Programa de Educación -así se denominaban antes las Facultades- pues pertenecía al grupo de los “docentes progresistas” que eran mayoría en esa carrera frente a sus rivales de “unidad docente”. Yo gané con un voto -dicho sea de paso, mi propio voto-, mi elección en el tercio estudiantil del Programa de Ingeniería Forestal con la camiseta de la Alianza Revolucionaria Estudiantil. La Asamblea la presidía el recordado ingeniero Walter “Coco” Vásquez. Las discusiones sobre aspectos organizativos, administrativos, institucionales eran tediosas, aburridas, provocaban ronquidos. Los debates ideológicos y académicos eran intensos, y en éstos se distinguía el profesor Vásquez Izquierdo que en aquel tiempo era un connotado militante del socialismo.

Vestido de pantalón negro y camisa blanca, un paraguas negro en la mano derecha, lentes de montura gruesa y negra, un maletín de color negro con agarradera esquinada, caminando firme sobre las rúas amadas de su ciudad; o vestido fresco de un bividí sentado en una mecedora en la vereda de su casa en la sexta cuadra de la calle Brasil, así lo evocaré. Lo recordaré por la semblanza sobre Ramiro Prialé que publicó en el diario “El Matutino” a poco del fallecimiento del líder aprista en 1988 y en el que se mezcla los indicios germinales de su militancia con su afecto fraternal por sus compañeros estudiantes del “Oscar R. Benavides”. También por un hermoso relato urbanístico titulado “El doctor Cáceres” que está publicado en el volumen 21-24 de la Revista “Shupihui” de 1982 un arrebato nostálgico de sus pasos de púber por las calles iquiteñas y de la bondad paterna frente a la fatuidad judicial.

Pero será “Río Putumayo” el referente principal sobre él. Ésta es una novela que se complementa con otras dos publicaciones “Cordero de Dios” -primera y segunda parte- que explican esa “cosa hídrida y temperamental” que resultó al querer parecerse a su padre y a su tío. El padre era “dulce, apacible, callado, manso” y además religioso sin llegar a ser cucufato. El tío era “violento, dinámico, organizador, despiadado, manirroto, locuaz”, bebedor y temerariamente valiente. Su amor por el primero y su admiración por ambos confesado por él mismo, descifra para los críticos entendidos su perfilamiento incansable de una identidad que unas veces se nos presenta definida y en la mayoría se nos presenta difusa. En sus obras hay múltiples rostros y uno sólo a la vez. Y de hecho, su padre y su tío, son los protagonistas de las novelas aquí citadas, pero es la biografía de él la que surge como élan vital de las mismas.

No será posible entender su tránsito a la adultez madura, si uno no lee “Kontinente Negro”, valiosísima obra que estoy seguro pocos han leído y muy pocos aún lo han terminado de entender. En una fecha reciente, después de un conversatorio sobre literatura amazónica en el Aula Magna de la UNAP, en un barcito cercano al parque Serafín Filomeno, platicábamos con el profesor Manuel Marticorena sobre esta obra y el dijo una verdad que yo comparto: que si la obra se hubiera publicado en Barcelona o en Milán “Kontinente Negro” sería un best seller. Y es que el profesor Vásquez Izquierdo escribió este portento en un lugar en el que casi nadie lee a sus autores. En el epílogo de esta novela, él traza el detalle final de la muerte que quizás ansiaba o rechazaba. He ahí lo difuso. Querer morir y vivir, al mismo tiempo. Vivir la muerte o morir la vida. Lucidez y esquizofrenia conviviendo juntos en una unidad de ser que está pronta a definirse. Blanco y negro pulsándose entre sí. Como en la indumentaria que usaba.

Perdón, pero no puedo seguir. La nostalgia me inunda cuando recuerdo la noche de mi graduación en la UNAP en mayo de 1983. La noche en que el profesor Vásquez Izquierdo interpretó magistralmente “Una furtiva lacrima”, una de las romanzas de ópera más famosas, segundo y último acto de “L’elisir d’amore” de Donizetti. La noche en que nuestros corazones juveniles se estremecieron al escuchar límpida, triste y melodiosa de la voz del admirado escritor:

Una furtiva lacrima

negli occhi suoi spuntò…

quelle festose giovani

invidiar sembrò…

Che più cercando io vo?

Che più cercando io vo?…


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    2 Respuestas to “UNA FURTIVA LACRIMA”

    1. AMIGUTO, tienes k informarte mas , el usaba ropa negra por k seguia la usansa de los judios ortodoxos.

    2. PANTALONES NEGROS Y CAMISAS BLANCAS , EN SUS REUNIONES CON SU KIPA NEGRO (un gorrito).

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