SUEÑO NACIONALISTA
Moisés Panduro Coral
Anoche tuve un sueño. Es el sueño que me acompaña desde niño siempre que mis fibras y mis neuronas son tocadas por alguna noticia o hecho que se relacione al despojo territorial de Arica, Tarapacá e Iquique del que fue objeto el Perú en la llamada “guerra del Pacífico”. Mi sueño de anoche es un sueño persistente. Y me gusta soñar con ese sueño a despecho que por tenerlo se me considere una rara especie de aprista y chauvinista, de integracionista y de nacionalista a ultranza. Pero este mi sueño es el sueño de todo peruano que está enterado no sólo de la expoliación chilena, de la ratería de libros de la Biblioteca Nacional, de las vejaciones contra las familias peruanas, sino de los asesinatos de peruanos que no terminaron con la guerra -como es el caso de la matanza de Santa María en Iquique en 1907 en el que cerca de 3,600 personas, entre obreros huelguistas peruanos y bolivianos del salitre que luchaban por mejores condiciones de vida y sus familias- fueron asesinados a mansalva por el ejército sureño que se constituyó en guardián de la explotación que efectuaban las salitreras en las minas que le fueron robadas al Perú.
Si leemos la historia desde otras perspectivas, la guerra en realidad fue un pillaje organizado por los ingleses para apropiarse del salitre peruano y boliviano a través de las empresas británicas Gibbs y North. En otras palabras los hijos de la Gran Bretaña prepararon esta guerra en apoyo a sus empresas y para eso utilizaron a Chile contra Perú. Muchos son los libros que sustentan documentadamente esta afirmación sólo que, inexplicablemente, en nuestro país seguimos con la pérfida costumbre de conmemorar más las fechas de derrotas que de victorias y de narrar biografías en las que se ponen en un mismo saco a héroes reales y a los no tan reales, mientras que los libros de historia no enseñan nada o enseñan poco respecto al contexto económico y político que rodeó el conflicto, cuyos resultados -lo digo sin hipocresías- lo tenemos como una espina clavada en el corazón. Por eso es que Chile, en la perspectiva histórica, no sólo debe ser visto como un invasor que tuvo como mayor “epopeya” el asalto, el asesinato y el robo, sino como la quintacolumna del imperialismo inglés que de esa manera metió su cuchara en América Latina en las aún nacientes repúblicas de este continente.
Ahora les digo mi sueño. Veo al Huáscar regresando de su secuestro surcando los mares, los cielos y las sierras y llegando a Iquitos para unirse al BAP América y navegar juntos los ríos de la amazonía siendo vivados a su paso por los niños. Veo al gran Almirante Miguel Grau no en un pedestal de plaza sino encabezando un combate victorioso contra el subdesarrollo y metiendo espolazos a los cretinos que al igual que esos personajes “restauradores” del siglo XIX que desmoronaron la Confederación Peruano Boliviana para servir a los intereses de Chile, no dudan en maquillarse de defensores de cualquier cosa para detener inversiones que otras economías del mundo -y no los chilenos- quieren hacer para que nuestros recursos naturales sirvan al desarrollo nacional. Veo a los peruanos -mayoritariamente con rostros amazónicos- liberados de ese estúpido complejo de considerarse en un nivel inferior que otros pueblos como el colombiano, por ejemplo, cuya economía tiene 5,000 millones de dólares de reservas menos que Perú; o el mismo pueblo chileno, cuya pobreza, a pesar del éxito que cantan los comentaristas económicos acicalados- alcanza a 4 millones de habitantes según las estadísticas recalculadas recientemente y que nos llegan de ese país.
Veo a ese Presidente que abandonó el país en plena guerra retornando para ser colgado de un árbol de tahuarí en la plaza Bolognesi. Veo a nuestro Ejército, Marina y Aviación bien posicionados en su desempeño profesional, con equipamiento tecnológico contemporáneo y con la moral en alto superando el trauma que dejó el militarismo sostenedor de dictaduras repulsivas y de servilismos montesinistas. Y los veo sobre todo celebrando el 21 de mayo, fecha del combate de Iquique, y el 27 de Noviembre en que batimos a los chilenos en Tarapacá y todas las demás fechas en las que Andrés Avelino Cáceres con un ejército proveniente del Perú profundo les dio paliza en Pucará, Marcavalle y Concepción. Ya lo dijo Virgilio Roel, el maestro universitario: el ejército chileno jamás le ganó al ejército peruano, al auténtico, al que se nutre del coraje guerrero del pueblo. Le ganó a ese ejército carcomido por la intriga de los aristócratas y la venalidad antipatriótica. Ya dejémonos de conmemorar derrotas, pongamos más alma para ensalzar los triunfos.
No soy patriotero ni nada que se parezca. Tampoco soy antichileno y una prueba de ello es que soy un declarado, contumaz y reincidente enamorado de Miriam Hernández, de su adorable voz, de sus ojos chinitos y de sus versos cantados recargados de ese apasionamiento romántico que los varones -por una cuestión de ego y de reciprocidad- quisiéramos escuchar de las mujeres que amamos. Pero sí soy peruano, y muy, pero muy orgulloso de serlo. Así que no tengo la culpa que mi sueño de anoche sea mi sueño persistente. Y quiero que lo siga siendo siempre.
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