ESTADOS DE ÁNIMO

Moisés Panduro Coral

Mario Benedetti es uno de mis poetas favoritos. De él presto este titular que es el de uno de sus poemas que más me gustan: “unas veces me siento como pobre colina y otras como montaña de cumbres repetidas… a veces uno es manantial entre rocas y otras veces un árbol con las últimas hojas”. Efectivamente, cada uno tiene su propio universo, lo construye, lo modifica, lo zarandea, lo derrumba si quiere. Y esa construcción, modificatoria, movida o tirada abajo depende de nuestros estados de ánimo. Y éstos a su vez de nuestra perspectiva de las cosas, por eso es que a veces perdemos los papeles, o nos sentimos contentos sin saber por qué, nos invaden parajes de nostalgia, o nos parece que los cristales se rompen allí donde sólo hay un vidrio que hay que tratarlo con delicadeza o un espejo en el que no queremos retratarnos.

Pues hay muchos estados de ánimo como número de seres humanos existen en el mundo multiplicado por el número de circunstancias que puede rodear a cada persona. Sin embargo aún cuando el resultado es difícil de escribir por que la cifra es exponencial, no es tan difícil predecirlos. Por ejemplo, si usted es una persona que requiere urgente de una dosis de afecto, doy por sentado que su estado de ánimo cambiará cuando alguien le envía un mensaje al celular diciéndole: “te extraño”; y a la inversa, si es un picapleitos su estado de ánimo variará de un segundo a otro si se entera que por ahí alguien no le ha recordado tan bien que digamos.

También puede suceder que si usted es un reconocido proveedor de alguna entidad pública y se entere que ese día no saldrá su cheque pagado con canon petrolero, es casi seguro que su ánimo caerá o en su defecto, explotará. Pero cuidado, no se venga al suelo ni pague con otros ese retraso, cálmese que el dichoso cheque ya llegará. O puede ser que si su perorata no recala en la audiencia a donde se dirige, entonces aprenda a convencer y no a gritar como ocurre en algunos casos en que ciertos amigos han olvidado que el mugir es de las vacas, el parlotear de los loros, el rebuzno de los burros, el relincho de los caballos, el cacareo de las gallinas, y el hablar del hombre que administra sus emociones.

Aunque mi experiencia con respecto a los estados de ánimo felizmente no tiene que ver con cheques, a veces tiene que ver con lo que escribo. Mi estado de ánimo cuando escribí mi último artículo es una buena muestra de ello pues se trata de una opinión emocional. Me encontraba leyendo una revista de edición internacional que hace una reseña de los procesos de desarrollo en el mundo, cuando recibí la visita de un grupo de compañeros que asistieron a la sesión del Frente Patriótico de Loreto donde se acordó el inocuo e inservible paro de 24 horas. Luego de escuchar las “razones” que motivaban el paro me pregunté a mi mismo por enésima vez acerca de a dónde vamos y mi estado de ánimo naturalmente cambió, cuando -por centésima vez-, mi respuesta fue que si seguimos así no vamos a ninguna parte.

Más allá de esta anécdota anímica creo que los peruanos deberíamos fomentar un estado de ánimo optimista del largo plazo y asociarlo con los grandes objetivos del país dirigidos a generar prosperidad y justicia. No estoy hablando aquí de un estado de ánimo inducido artificialmente, de aquel que crea corrientes de opinión insistiendo machaconamente en una idea y con buen billete de por medio. No se trata de exacerbar conductas ni de organizar servidumbres sólo por que se tiene el poder y los medios publicitarios para hacerlo. Esto es sólo para los que rebuznan, cacarean o parlotean Estoy hablando de un estado de ánimo como activo estratégico para la nación, de asertividad colectiva, que canalice adecuadamente en nuestra actitud ese concho telúrico de la acometividad, la teoría socio-humorística de Héctor Velarde que fluye de esa peruanísima actitud de soslayar lo positivo y lo bueno y que crea las condiciones para la generación espontánea pájaros de mal agüero que todo lo ven mal.

Aquí termino esta breve reflexión. No vaya a ser que me ganen mis emociones y vuelva a mencionar los aguajes de mi anterior artículo. Esta vez no le daré motivo a mi amigo Raúl Celis para que me pregunte si es por falta de uso o por mucho uso. Al final soy humano, carne y hueso, razón y fe, inquietud y calma.




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